—¡Abuela, se meó Rocco otra vez!

Con un trapo lleno de huecos que aquí llaman frazada de piso y un cubo metálico compitiendo con el óxido, mi abuela se acerca al refrigerador gigante de la cocina.

El pobre la mira, vibrando como siempre, al punto de hacer que los vasos de vidrio que tiene encima se muevan en la bandeja de plástico. El refri cogió su nombre después de un filme cubano que vimos en casa. Cuando aquello, él funcionaba bien y apenas se sentía, pero con los años comenzó a hacer lo mismo que su tocayo en la película.

Abuelo Pipo intentaba verificarlo por dentro porque aquel gigante de hierro casi no se podía mover. Rocco separaba el comedor de la meseta de la cocina. Tenía una función permanente, pegadito a la pared. Creo que sus rueditas estaban ancladas al piso o no tenía ninguna en realidad.

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De todas formas, Rocco no planeaba buscar otra cosa que enfriarnos los vegetales, a punto de convertirlos en paletas de hielo naturales. Cada cosa dentro de él tenía que vigilarse porque unos días se mantenían frescos y otros se perdían casi por completo. Su congelador se ocultaba arriba, pero el hielo se escapaba de la rejilla que solo se veía una vez que abrías la única puerta que tenía. Por eso había que tirar la puerta fuerte y sellarla con el cierre que Pipo le había instalado usando una bisagra enorme que trajo de Santiago. La otra manivela original que tenía sí cerraba, pero no al gusto de Pipo, y es que también daba unos corrientazos que obligaban a tocarla con un paño.

Rocco podía detectar la carne humana que se le acercaba, como si no nos permitiera abrir su puerta cuando queríamos. Dice Pipo que eso es porque es soviético, balbuceando algo sobre espías rusos.

—Lesly, ayúdame a levantarme.

—Voy, abuela.

El piso seco que rodea a Rocco ahora está más limpio que el resto de la casa. ¡Qué va! Creo que está más limpio que el resto del barrio. Abuela suspira y me pide llevar el cubo para el baño, el cual está casi lleno de agua.

—Eso va a servir para descargar luego —me dice mientras intenta recuperar el aliento.

Aquí no se desperdicia nada, repite, secándose el sudor mientras intenta apoyarse en la puerta de Rocco.

—¡Cojoneeee! —grita mi abuela, y es que Rocco le acaba de dar otro corrientazo.

—Este, un día me va a provocar un infarto.

Abuela le pega a Rocco con la frazada de piso, disparando un sinnúmero de insultos que no tengo la capacidad de reproducir a esa velocidad. Creo que habrá roto algún récord si eso se midiera.

Rocco sigue ahí, pero hablando bajito. Ya su ronroneo no se siente tanto, como si limpiar el agua le hiciera algún efecto. Abuela le grita a Pipo, pero este ya viene preparado con una cuchara metálica. Pipo desata la bisagra con tal fuerza que la gomita se despega de la puerta. Abuela se apura y aprovecha para coger ese aire frío temporal que sale de Rocco. Es refrescante, pero Pipo no le da tiempo y, con la cuchara, empieza a atacar las estalagmitas y estalactitas dentro de Rocco.

Desde lejos parece que está furioso con Rocco y dándole su merecido, pero desde aquí solo es un explorador glaciar abriéndose paso para liberar las puertas y estantes del hielo. Abuelo no maldice, no habla, solo se ocupa de los pedazos que rebotan en el piso y que mi abuela me pide ir recogiendo.

El piso se vuelve a mojar inevitablemente y abuela coge el haragán para llevar el agua lejos de la corriente. Rocco la mira y se calla porque ahora está a la merced de Pipo, y ese sí que no tiene piedad.

La última vez que Rocco se meó fue hace una semana, aunque más ligero. Ese día Pipo solo lo desconectó porque se iba la luz muchas veces y dice Pipo que con el parpadeo se joden los equipos. Una vez que la electricidad parecía mantenerse, Pipo subió las cosas de abajo al congelador y aprovechó para lavarle las tripas a Rocco con un poquito de cloro y vinagre.

Esta vez la cosa es distinta. Tal parece que Rocco estuviera llorando de tantos golpes que Pipo le ha dado. Pipo se mueve a un lado, con la puerta abierta hasta el máximo, y me mira.

—Muchacho, desconéctalo —me dice bajito.

Yo acato al instante, con un poco de asco porque el cable está llenito de grasa de cocina.

Rocco deja de moverse como un carro antiguo, ahogado en su propio aceite. Creo que Rocco debe tener algún primo en la industria automovilística porque hasta la pintura y las líneas cromáticas tiene.

—Este está trancado.

Pipo suspira mientras va a buscar las herramientas en el cuartico de al lado. Abuela sigue con el haragán, echando un producto verde de olor rico en el piso y dando escobazos para limpiar usando el agua de Rocco.

De mi parte, solo espero las próximas órdenes, pero Pipo no regresa. Yo pensé que esto era urgente. Los dos están alejados de Rocco como si estuvieran decepcionados —al menos uno de ellos sí tiene sus razones. Pipo sigue buscando en su gaveta de los tesoros, pero solo hace sonidos de viejo, de esos que se hacen con la garganta.

—Abuelo, voy al baño —le digo mientras cierro la puerta.

—¿Todo bien, mijo?

—Sí, abuelo. Solo me lavo las manos.

Al cerrar la puerta por completo, siento que abuela regresa cantando uno de sus boleros favoritos. Mis manos aún tienen un poco de grasa y de ese olor a fritura de la abuela. No es malo, pero no se me quita tan fácil. Debe haber varias generaciones de bacterias de croquetas y pescado frito que ni el jabón de lavar puede atacar.

Al coger la esponjita de la ducha, que parece un dibujo mal hecho pegado a la loza, siento que abuela llama a Pipo con un tono descuidado.

—¡Pipooooooo! ¡Rocco se está meando todavía!

El viejo va caminando a paso de caracol mientras abuela sigue su disertación sobre cuán irresponsables somos todos aquí. De vez en cuando se le escapa una mala palabra que suelta donde va, como si fuera un poema bien pensado, y las quejas del día se unen con las de la vida. Así aprendo los secretos familiares, o al menos los que abuela siente que no se han solucionado: desde su mudanza de Santiago a La Habana hasta la muerte reciente de mi bisabuela, su madre.

Yo no salgo del baño, aunque tenga que lavarme las manos hasta por la noche, y es que cuando abuela se pone así, la cosa se pone fea. Pipo ni se escucha en todo el alboroto; solo el olor de su tabaco traspasa la puerta del baño. Yo me lo imagino ocupado con Rocco, ignorando a mi abuela. No es su primer rodeo con las crisis de mi abuela y ya sabemos qué hacer en casa.

Como el cañonazo puntual de las nueve, abuela va bajando el tono y trata de entrar al baño.

—¿Y ahora quién cerró esta puerta? —pregunta.

Yo abro y me ahorro darle la respuesta que sé que la molestará mucho más, y es que la puerta del baño solo se cierra por dentro. Es obvio que si no se puede abrir, alguien está dentro, pero abuela no está para la lógica y se encierra en el baño.

—Mijo, alcánzame la pinza esa —me pide Pipo.

La pinza está en el piso y todo alrededor tiene las pisadas de las chancletas de mi abuela. El piso ya no está limpio como hace unos minutos, pero Pipo está confiado en que ya se entendió con Rocco. Él mismo lo vuelve a conectar, pero Rocco no hace ningún sonido. De hecho, el viejo se queda estático frente a la puerta gigante de Rocco esperando algo que solo él sabe. Los minutos pasan lento y los adultos se vuelven fantasmas otra vez, sin hablar, sin moverse, cada uno en lo suyo.

De repente Pipo abre la puerta de Rocco y sonríe porque ya se siente el aire frío. Sin embargo, lo nuevo es que el sonido del motor ni se siente. Dice abuelo que Rocco ahora pasó a otro nivel mientras le da palmaditas en el costado, como si fuera un muchacho. Rocco ya no ronronea.

Pipo comienza a recoger las herramientas y me pide limpiar. Abuela no sale del baño, pero se escucha esa respiración de satisfacción que tiene cuando se da un trago. Pipo me pide hacer silencio y seguir con el trabajo.

El día continúa como si nada hubiera ocurrido. De hecho, la noche llegó rapidísimo y abuela hizo hasta su ensalada de tomate y cebolla, que es la favorita de Pipo. Sentados en el salón, vemos la tele juntos y, de vez en cuando, abuela se va a la cocina y abre la puerta de Rocco para verificar si funciona. Alegre, ella regresa y complementa a Pipo porque tal parece que está nuevo de paquete.

Pipo fuma su pipa y abuela escucha el drama de la novela en la televisión. El cansancio nos lleva a la cama y, como no se ha ido la luz, pues esta noche vamos a dormir fresquitos. La cama se siente nueva. Puedo notar que abuela cambió las sábanas y todo huele a limpio otra vez.

La casa duerme en la oscuridad, pasiva agresiva, titubeando entre los chillidos de las ventanas y el ruido de la calle. En el silencio, un sonido extraño se une al concierto. Una vez que lo escuchas no puedes quitártelo de encima. Hasta se pone más fuerte si te concentras en él.

De puntillas me acerco a la puerta del cuarto y veo a Rocco a lo lejos. Todo el mundo duerme, ronca, sueña. Rocco, por su parte, no ha dicho su última palabra y comienza a ronronear más fuerte que nunca. Los vasos chillan y resuenan. Yo trato de quitarlos de arriba, pero justo cuando cojo la silla para subirme y alcanzarlos, se va la luz.

Todo se vuelve tranquilo otra vez. Rocco ya no se oye.

La casa regresa a su estado silencioso y, por el pasillo, de camino al cuarto, solo puedo imaginarme lo que pasará mañana.

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