De tantas experiencias que tengo, a veces no sé qué escribir.
¿Por qué somos tan coherentes y estamos tan cómodos al hablar pero no podemos llevar eso a una historia? ¿Acaso necesitamos clases para saber escribir? No hablo de gramática necesariamente sino del ritmo de la frase, de poner los pensamientos en orden.
A menudo, tengo ese problema, incluso a la hora de preparar una clase.
Gracias a los genes de mi familia, el miedo escénico nunca estuvo presente o al menos, eso creo. Eso me ayudó mucho porque aprendí que revelar cualquier situación, por muy incómoda que fuera, resultaba en tema de conversación.
Fue así que, en el año 97 hice mi primera lectura en voz alta frente a un público de más de 300 personas, incluyendo padres de mis amigos, profesores y otros miembros del ministerio de educación de La Habana. Aparentemente, yo fui el primero que leyó en la clase con una fluidez aceptable y así, me propusieron leer un texto del diario del Ché. (Si no sabes quién es el Ché, mejor)
La gente llegaba vestida como si aquello fuera una graduación universitaria y hasta alfombra roja había en la entrada. Creo que aun no conozco el margen de importancia de aquel evento porque normalmente estas cosas pasaban en clase solamente o en algún matutino de la escuela. ¿Por qué reservar la sala de un teatro nacional pegadita a la Plaza de la Revolución para escuchar a un chiquillo de pelo malo?
Aquel día, había tomado casi una batidora completa de batido de mango porque abuela decía que comer algo me caería mal. Tenía que estar hidratado y a sus ojos, el batido era el mejor compromiso. Una vez en el teatro, mi profesora ajustaba el micrófono y yo practicaba las palabras difíciles del texto.
Con todos sentados, hubo una presentación con música que no recuerdo, pero que tomó un rato. Recuerdo que la silla estaba incómoda y que el aire acondicionado de la sala enfriaba mucho. Con tantas cosas, me dí cuenta que me había orinado en los pantalones y al llamado de la profesora para comenzar mi lectura, me levanté al instante.
Mirando a todos como podía pero con la humedad en la ropa, solo se me ocurrió decir:
—Buenos días. Les leeré este texto del diario del Ché, pero deben saber que me hice pipi.
Recuerdo que todos rieron. Yo también. Mi abuela miraba a todos casi orgullosa del “chiste” de su nieto y de qué capacidad tengo para romper el hielo tenía con algo tan serio.
La lectura continuó. La gente aplaudió. Creo que me confundí al leer y lo corregí sin pena.
Solo de regreso a casa, al salir de la oscuridad de la sala, fue que mi abuela se percató.
— Pero Lesly, si te orinaste, mijo
— Eso fue lo que dije, abuela.
Esta experiencia se repitió más tarde en la presentación de mi tesis en lingüística con el mismo efecto. El año fue en el 2010 y de tanta agua me había orinado otra vez, solo que mis pantalones eran de esos impermeables hechos de nylon. Aún muchos creen que fue un momento para aliviar la tensión de la sala. Yo aún les digo que no, que fue real.
¿Será eso el miedo escénico del que tantos hablan o tendré un problema serio de la vejiga?

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