¿Qué tan fanático eres?

A menudo verifico los resultados de la Premier League como si trabajara en las estadísticas del fútbol inglés para ver cómo le va al Arsenal. A pesar de admirar el estilo de juego, no me considero un fan digno del equipo y es que siempre he estado en contra de comprar mercancía de lo que sea. ¿Por qué tengo que ir a un partido o tener el jersey para mostrar apoyo? ¿Acaso no son ya megamillonarios estos jugadores? Claro que esto se aplica a todo lo que sea un evento enorme y siempre lo pensé más de una vez antes de aceptar una invitación a un concierto en algún estadio. La ironía es que sí disfruto el fútbol, al igual que a muchos artistas, con la emoción incluida que traen cuando tienen éxito o cuando te decepcionan.

English here / Français ici

De ahí paso a verificar no solo al Arsenal, sino a todas las ligas de fútbol que recuerde, incluyendo los eventos internacionales de clubes o los paraderos de Messi, Ronaldo y Henry, por solo mencionar algunos. Con la Copa del Mundo, me pregunté si Shakira había regresado otra vez con una de las suyas, qué jugador del Arsenal iba a jugar o si España cambió de entrenador y, sinceramente, todo se vuelve tan intenso que se me van las horas. Casi no me da tiempo de redactar mi blog, perdido en la red antisocial de los números y la búsqueda interminable de lo que realmente no estaba buscando.

¿Por qué será que este “pasatiempo silencioso” me consume? Me explico.

De niño, el ruido de mucha gente junta no era ideal para mis oídos, aunque estuvieran en sintonía cantando alabanzas en la iglesia. Mi abuela me ponía pedacitos de algodón mojado en cada tertulia y, aunque no aliviaba para nada, pues se lo agradecía. Creo que el sonido se volvió visual porque tampoco adoraba las cosas que contenían marcas evidentes o dibujos de personajes conocidos. De ahí nació el rechazo a lugares públicos y crecer en Cuba es un verdadero test de la paciencia de un niño, y ni mencionar la de los adultos.

Sin embargo, mis padres divorciados trataban de entenderse entre sus riñas pasivo-agresivas para darme todo lo que podían y la marca significaba estatus en un país tan pobre. Por otro lado, yo trataba de intercambiar mi ropa por algo más neutral que no tuviera el símbolo de Nike grabado de cintura a hombro. Mis padres no estaban encantados, aunque mis acciones se convirtieron en un simple gesto de generosidad innata que yo no tenía. Así, me convertí en un viejito de 11 años, a los ojos de muchos, escuchando Frank Sinatra por encima del reguetón de Wisin y Yandel.

No creo que fuera fanático de Sinatra tampoco, ni de Louis Armstrong, porque aunque estuvieran cantando al lado de mi casa, solo iría si el evento fuera para pocas personas. No obstante, aprendía la letra, imitaba los gestos y hasta me vestía como El Benny para acompañar a mi abuela a la iglesia. Me faltaban el bastón y el sombrero y, con mis orejas grandes, tal parecía un periodista de los años 50. La gente me etiquetaba inmediatamente de raro o “especial” porque el atuendo no coincidía con los demás niños; de hecho, yo creo que ni con los adultos de ese tiempo.

Años más tarde, aprendí que tengo hiperacusia, una cosa ahí que causa molestias en los oídos. Aparentemente viene de algún trauma en la cabeza. ¿Quién sabe? Quizás me habré caído al piso al nacer o el juego de tirarme desde un lugar alto directo al concreto, imitando una piscina, no fue la idea más inteligente que tuve. El punto es que el espectáculo se quedó afuera y mi alegría por el Arsenal bien adentro, ahí mismo donde disfruto el piano de Chopin mientras te relato esto para que el ruido de mi teclado no sea tan fuerte.

Deja un comentario