By

Las tres Marías

Marlen, Marta y María caminaban por el pasillo como si estuvieran en una pasarela de modas. Su cacareo, sin embargo, no se escuchaba. Será porque no podían o porque presentían los límites de mi abuela con el ruido. Quizás las lozas del piso les daban una sensación diferente comparado al patio de cemento y tierra donde gozaban del sol. ¿Las gallinas sienten la temperatura del piso? No tengo idea. Abuela nunca les impedía entrar a la casa, y hubo veces en las que encontrábamos huevos al lado del Elegguá que tenía en el salón, o a los pies de la máquina de coser o incluso detrás de Rocco, el refrigerador soviético que no regulaba su temperamento. Este último despedía un calor sofocante pero que le gustaba mucho a Marlén, la gallina más flaca de todas, quizás del mundo.

English here/ Français ici

Marlén era la más loca. Tal parecía que quería poner fin a su vida de gallina pone huevos. Siempre andaba en los lugares más peligrosos de la casa y una vez,cogió un corrientazo, porque la cucaracha que perseguía se le metió en un toma corriente. Ella la atrapó sin fallo pero algo en sus plumas cambió ese día con el voltaje. Desde ahí, Marlén cacareaba incoherentemente como si estuviera captando señales alienígenas. Su cacareo era una conversación de estática de radio, más ardilla marcando territorio, más cadena de camión que se arrastra por la calle. Yo le tenía un poco de respeto, quizás más que a mi abuela misma. Esa gallina te miraba y cacareaba como si te dijera Oye, sal de ahí que voy. Marlén, sin embargo, no ponía casi nada y era la más vieja. Abuela le dio el título de la veterana con comentarios del tipo: Déjala que esa tiene experiencia, Ábrele camino que se empinga, y mi favorito, Esa se faja hasta con los perros.

Lo peor es que no era una exageración. Los perros del barrio parecían compartir la misma opinión. Ninguno se metía con Marlén. Marta y María salían corriendo a la menor provocación, pero Marlén avanzaba hacia el problema con la tranquilidad de quien ya había sobrevivido demasiadas cosas como para impresionarse por una más.

María era la gordita que mi bisabuelo vigilaba de cerca. Él estaba convencido de que esa sería la que algún día terminaría en su estómago, pero abuela decía que las gallinas que ponen huevos no se comen. Algo tenía que ver con los músculos, la piel o alguna otra ciencia gallinística que nunca llegué a comprender. A su padre, mi bisabuelo, aquello no le importaba lo más mínimo. Para él, todo se comía y María era una excelente candidata.
María tenía su altar personal en el patio, justo al lado del tanque del agua, donde se mojaba el pico y metía la cabeza completa sin el menor respeto por las leyes de la supervivencia. Quizás quería convertirse en pato o en atún.

Peligroso era ese tanque para una gallina. Ni yo mismo daba pie. El problema era que el tanque del agua, más conocido como Walter por una razón que todavía desconozco, estaba enterrado al nivel del piso del patio y no tenía tapa. Por eso había que hervir el agua hasta para fregar. Walter era enorme, pero estaba lleno de hojitas, plumas, insectos ahogados y cualquier otra cosa que decidiera caerle dentro durante el día. Aun así, María lo visitaba varias veces como quien acude a una cita religiosa. Se asomaba al borde, observaba el fondo con concentración absoluta y luego hundía la cabeza entera como si estuviera buscando respuestas existenciales que el resto de nosotros no podía comprender.

—Lesly, ¿dónde está María?

—Abuela, donde siempre.

—Esa no es María, esa es Marta.

Abuela confundía los nombres de las gallinas y, si tenía un trago por encima, todas eran María, a pesar de que tenían colores y rasgos completamente diferentes. Aun así, yo la ayudaba a buscar a la prófuga. A Marta, no a María, quiero aclarar.

Marta… era rara. Valga la redundancia. Es que todas tenían algún tornillo flojo, pero Marta buscaba la libertad. Era la única que parecía haber olvidado su entrenamiento de gallina doméstica. Picoteaba a María para sacarla de su altar junto a Walter y empujaba a las otras dentro de la casa, quizás para entretener a los humanos y es que una vez que las gallinas entraban, Marta desaparecía.

Buscaba una ventana, una puerta o cualquier escondite que le permitiera actuar más tarde. Muchas veces la vi debajo de mi cama, bien entrada la noche. Otras me seguía hasta el baño. Creo que calculaba mis movimientos o esperaba el momento exacto para escapar. No lo sé. Yo cerraba la puerta del pasillo que separaba la cocina de los cuartos porque aquella era la zona segura y, de inmediato, comenzaba el escándalo. Del otro lado se escuchaba un cacareo que sonaba como una pelea de gallos transmitida por radio con mala señal.

Abuela se despertaba molesta y preguntaba qué les había hecho a las gallinas, y al instante recogía del piso a Marta. La prófuga intentaba zafarse de los brazos de mi abuela con una desesperación admirable. Aquello parecía un gato alérgico a los abrazos tratando de escapar de una anciana convencida de que el amor se resolvía apretando más fuerte. Mientras más la abrazaba, más se revolvía Marta. Y mientras más se revolvía Marta, más convencida estaba mi abuela de que necesitaba cariño.

-Cálmate, María. Le decía y luego salía al patio, a la hora que fuese a botar a la verdadera María de su altar y poner a Marta en su lugar. Las gallinas se alborotaban y abuela las dejaba solas.

-Ellas se entienden. Vamos a domir.

Los años pasaron. Las gallinas intercambiaban nombres. Ni siquiera los huracanes que azotaban a la isla podían con esas gallinas. Los huevos que ponían eran de un color similar al café con leche.

La primera que se fue de este mundo fue Marlén. La historia del toma corriente se repitió pero esa vez fue con uno de 220V. Marlén olía a pollo tostado, si es que eso existe y abuela le hizo un funeral y todo, guardando el cuerpo de Marlén en una bolsita de nylon que leía Cubalse, mientras rezaba algo que mezclaba santos católicos, santería y recuerdos personales.

-Adiós María, que Dios te ampare.

Mi bisabuelo y yo nos miramos pero ninguno se atrevió a corregirla, ese día.

Ese mismo año, María cumplió su sueño de buzo explorador de las cavernas de Walter y le quitó a mi bisabuelo el gusto de ponerla en el menú. Empapada, abuela sacó a la verdadera María y se la llevó fuera de casa. Ni yo ni mi bisabuelo supimos que hizo con ella pero abuela regresó ese día con tres botellas de ron.

Sentada en el sillón, dándose un trago tras otro, abuela hablaba de cosas dispersas: la política del país y el precio del pan, los huevos de la bodega y el pescado que nunca llegaba, los vecinos de la esquina y unos santos que yo no entendía. Era una conversación imposible de seguir. Las palabras parecían salir de una gaveta distinta cada vez.No fue hasta que se quedó dormida que comenzó a hablar de María.

—María, no te escondas más de mí —balbuceaba entre ronquidos.

Luego hacía una pausa.

—Ven, que yo te cuido.

Mi bisabuelo y yo la dejamos tranquila, pero mientras la noche fue cayendo poco a poco sobre el patio, sobre Walter y sobre la casa entera, entendimos que todavía nos quedaba una misión pendiente. Encontrar a Marta, la María de los sueños de mi abuela.

Con linternas y hasta un quinqué, nos pusimos a buscar a María, digo a Marta. Ya hasta yo me estoy confundiendo. A veces Rocco hacía un sonido similar al cacareo de Marta, y para la cocina corríamos en su búsqueda. Ni en el patio, ni debajo de las camas, ni detrás de Rocco se encontraba Marta. Solo plumas que aparecían de vez en cuando.

La noche cayó por completo con el plan de seguir al día siguiente. Ya todos estábamos cansados y yo seguro que Marta había logrado su escape entre tanto alboroto con María. De hecho, hasta me puse a imaginar que Marta tuvo algo que ver con la muerte de María. Quizás era la distracción que necestaba . Quizás hasta convenció a Rocco de imitar su cacareo. A este punto, los ojos se me cerraban del cansancio, pensando y soñando con algún día donde pudiera contar esta historia tan absurda.

Los ronquidos de abuela competían con los de su padre, y las ventanas dejaban entrar ese aire frío que refrescaba mejor que el ventilador ambulante que ya no teníamos. Como de costumbre, me levanté esa madrugada camino al baño y abriendo la puerta del pasillo, sentí un aleteo fuerte. No era una paloma posada en la ventana que daba para la calle. Era la prófuga esperando el momento oportuno, reuniendo fuerzas en el único lugar que nunca creímos que podía alcanzar.

La ventana que había escogido era tan alta que solo se podía llegar desde adentro de la casa. El siguiente paso, sin embargo, era más complicado porque abajo estaba el pasillo que daba al sótano y luego un muro de cemento donde abuela había puesto vidrio recortado para desalentar a los ladrones. Marta no demoró en tomar su decisión y con dos aleteos más fuertes logró pasar el muro de cemento. Mi corazón se saltó de un latido al verla brincar. Yo pensé que no lo lograría pero Marta se veía allí, del otro lado, caminando entre los escombros del edificio derrumbado que colindaba con nuestra casa, un lugar tan abandonado que hasta las matas de guayaba crecían dentro de sus ruinas. Marta ni siquiera miró hacia atrás.

Con casi una lágrima, me voy al baño. Mientras descargo con la cubeta y paso el trapeador en el baño, solo puedo pensar en que será la vida de Marta ahora. Yo he oído de perros jíbaros, pero de gallinas que sobreviven en la ciudad, nunca. Con tantas teorías sobre la próxima aventura de Marta, me encuentro con mi abuela al salir del baño. No sabía si decirle lo que había pasado o si quería un abrazo pero lo que me dijo medio dormida fue suficiente como para irme a dormir otra vez.

-No juegues más con María, mijo, que se altera.

Deja un comentario