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El ventilador ambulante

CUENTOS DE CUBA por Lesly Farran

EL VENTILADOR AMBULANTE (English version here// Pour le français ici)

—¡Ya llegó la luz, abuela!

El ventilador ruso no arranca de una. Nunca lo ha hecho, el condenado. Yo me río mientras lo miro, como si tuviera genio propio. Primero hace un amago, un ruido seco, como si se quejara. Después otro. Y ahí, cuando uno ya está a punto de darle un golpe, decide girar.

El aire me da en la cara y el sudor se recoge de golpe en la frente. No enfría como uno quisiera, pero no hay otra cosa. Aquí decimos que resuelve.

Mi abuela viene a refrescarse, robándome el puesto del flujo directo, pero cuando el ventilador tiene público, se altera. Ahí, con su mal carácter, se pone rápido, como apurado, y después gira con desgano, como si estuviera haciéndole un favor a uno.

—¡Este no enfría na’! —me dice, frustrada, sentándose de vuelta en el pórtico que da para la calle.

Yo me acomodo otra vez frente a mi ventilador, hermano y amigo, con sus aspas que giran con un escándalo de solar.

—Ese se mete en todo —le respondo a mi abuela.

Mi abuela se ríe, porque es verdad. El motor es tan fuerte que supera al del refrigerador que se oye desde la sala cuando todo lo demás está apagado. No se puede ignorar. Se mete en el cuarto, en la mesa, en lo que uno está haciendo. Uno termina pensando con ese sonido atrás, como si fuera parte de la casa.

Las páginas del libro que estoy escribiendo empiezan a levantarse solas. Se desordenan, se viran, se resisten, se riegan, y uno tiene que volver a armarlo todo otra vez, como si el aire no viniera a ayudar sino a probar la paciencia.

Decían que el ventilador era ruso, y con eso bastaba. En esta casa, “ruso” no era una marca ni una procedencia exacta, sino una garantía medio inventada, una forma de decir que aquello iba a durar, que iba a aguantar más de lo que uno mismo pensaba resistir. Nadie sabía bien de dónde había salido ni en qué momento había llegado, pero llevaba años ahí, metido en la rutina.

Era de un tiempo en que las cosas no se compraban tanto como aparecían: venían de lejos, con historias que uno no entendía del todo, y terminaban cayendo en casas como esta, donde el calor no es una metáfora sino una presencia que se sienta contigo. No funcionaban perfecto, casi nunca, pero alcanzaban, y aquí alcanzar ya es bastante.

Recuerdo que al principio giraba parejo, con un ruido más bajo, como si todavía no tuviera nada que demostrar. Con los años fue cambiando, cogiendo ese temblor que ahora no se le quita, ese sonido que no se apaga ni cuando uno trata de concentrarse. No dejó de servir, pero tampoco volvió a ser el mismo, y uno, sin darse cuenta, se fue acomodando a esa versión.

—¡Abuela, cuidado que se nos va!

Mi abuela lo agarra por el mango como cazadora furtiva, justo cuando el ventilador aprovecha un descuido y empieza a correrse solo. No es la primera vez. Ese tiene sus cosas.

El cable empatado que le hizo mi abuelo al principio fue una salvación, porque este ventilador obstinado solo trabaja en el tomacorriente del salón, que lo tiene cogido para él nada más. Pero con los años, esa misma extensión se volvió problema: demasiado alcance para un aparato con carácter.

Empieza suave, casi sin que uno se dé cuenta. Un centímetro para un lado, otro para el otro, y cuando vienes a ver ya no está donde lo dejaste. Ahí es cuando hay que pararlo en seco, agarrarlo firme, como a caballo indomado, antes de que se embale.

Mi abuela lo sujeta con las dos manos, se inclina un poco, lo mira como si lo estuviera retando.

—Este sí es descarado —dice.

Y lo endereza otra vez, devolviéndolo a su sitio, aunque los dos sabemos que no se va a quedar tranquilo mucho tiempo.

La noche se hace larga y mi borrador sin páginas marcadas ya no parece el mismo. No sé por donde me quedé y en el alboroto veo una inconsistencia que había pasado de largo. Con la mano derecha sujeto el ventilador, que por la vibración me transmite ese tembleque casi meditativo, una especie de pulso irregular que se cuela por el brazo y termina en la cabeza. No sé si es el calor bajando o ese mismo ritmo pero de pronto empiezo a escribir distinto, corrigiéndome en el momento, sin revisar, sin detenerme, como si algo se estuviera organizando solo.

Mi abuela empieza a roncar en su sillón, con ese sonido irregular que al principio parece suave pero enseguida se planta, compitiendo sin pena con el ventilador, mientras el olor a alcohol que le gusta —ese que le raspa la voz cuando habla— todavía se queda flotando.

Yo me río solo, sentado en esta casa que aguanta lo que puede, escribiendo historias que se me complican más de la cuenta y que, al final, probablemente solo ella escuche, aunque sea entre sueño y sueño, como si todo lo que invento tuviera que pasar primero por ese filtro medio dormido antes de existir del todo.

La tensión, sin embargo, no está en lo que escribo, sino en el ventilador, en ese ruido constante que ya no es solo fondo sino ritmo, una presencia que ordena o desarma las ideas según le dé, y que se vuelve todavía más evidente en los apagones anunciados, cuando uno sabe que en cualquier momento se va a quedar sin él y entonces sí, lo va a extrañar de verdad.

Me apuro, me tenso, y le saco la punta al lápiz mientras piso el cable del ventilador con un pie, como si así pudiera mantenerlo en su sitio.  

La técnica es temporal. Sí,  funciona. Claro. Pero solo por un rato, porque uno se cansa tratando de  aguantarlo todo el tiempo para que no coja calle. A este ventilador hay que vigilarlo, corregirlo, anticiparse a lo que puede fallar.  El sigue girando, como si no le importara nada de eso, como si su problema no fuera el control sino el impulso, y uno termina ahí, entre sujetarlo y depender de él, sabiendo que si lo suelta del todo se pierde, pero que sostenerlo tampoco es exactamente tenerlo.

Si tengo que llevármelo para el baño, con extensión y todo, pues que así sea, porque aquí uno no negocia con el calor y mucho menos cuando ya le cogiste la medida a un aparato que, con todos sus defectos, al menos responde.

Mi abuela sueña en voz alta, entre ronquidos, cagándose en la madre del pobre que se le cruce, y el ventilador, metido en ese vapor de baño que no perdona, empieza a oler a grasa quemada. Me paro un segundo y lo miro, porque la duda es automática: ¿le habrá caído agua? Yo juraría que no, que tuve cuidado con el cubito, que ya uno se gradúa de ingeniero a la fuerza con los electrodomésticos en este país y aprende a calcular distancias, ángulos y riesgos sin pensarlo mucho.

Salgo corriendo con el ventilador agarrado por el pescuezo y en el trayecto le oigo hasta un cacareo que le nace de esa pieza donde la cabeza se encuentra con el mango, un sonido feo, nuevo, que no promete nada bueno. La extensión se me traba en la puerta del pasillo y en el tirón se parte el cable justo por el empate.

—¡Ay, por tu madre, no te me vayas, coño! ¡Abuelo! !Ayuda! — le grito a la casa.

El viejo se levanta de la cama, apartando el mosquitero de lino con un movimiento lento pero seguro, y casi sin mirarme enciende la pipa como si ya supiera lo que viene. El humo sale primero del cuarto y después sale él, con esa mirada gastada que no pregunta nada pero lo entiende todo al instante.

Yo le doy al pobre muchacho —como él le dice— y lo recibe con cuidado, lo coloca sobre la mesa del comedor como si fuera una mesa de operaciones y se queda un segundo mirándolo, midiendo el daño antes de meterle mano.

El viejo no dice mucho. Desarma sin apuro, sopla, limpia con lo que encuentra y vuelve a armar como si estuviera recordando más que reparando, como si ese ventilador ya hubiera pasado por sus manos en otro momento y él solo estuviera siguiéndole la lógica. Dice que todavía aguanta, casi para sí mismo, y yo me quedo esperando el momento de enchufarlo. El empate es un juego de niños para él que hasta con jabas de nylon y un fósforo imita un sellado eléctrico para los cables pelados.

—Dale suave — me dice el viejo entregándome al rejuvenecido como si yo pudiera controlar algo de esta máquina. Acato. No se puede discutir con el abuelo y más a estas horas de la noche. Su paciencia se drena con cada arreglo paciente que hace. 

En el camino para el salón, el ventilador ya no cacarea; ahora deja escapar un zumbido eléctrico, constante, como si fuera una batería descargándose. Con cuidado lo coloco en el piso y aparto todo lo que tiene alrededor, porque hay que darle aire, no se puede sofocar al paciente. Casi que hablo como mi abuelo, y eso se pega.

Mi abuela sigue roncando, pero el viejo le toca el hombro y la despierta.

—Vamos pa’ la cama, vieja.

Ella protesta, claro, y yo me río porque a esa no hay quien la levante cuando se le mete en la cabeza quedarse donde está. El abuelo se encoge de hombros y, pasando por el salón, me lanza un buenas noches que parece más para el ventilador que para mí.

Yo lo conecto mientras acomodo mi colchoncito finito en el piso.

—No dejes a tu abuela ahí afuera, mijo —me dice el viejo desde el cuarto.

El ventilador empieza otra vez a arremeter contra el aire caliente, pero apenas agarra ritmo cuando se apaga, como si me hubiera escuchado. No se rompió, menos mal. Es solo que se fue la luz otra vez.

A lo lejos se escuchan las quejas, cargadas con todo el arsenal de malas palabras que alguien puede sacar cuando el apagón cae sin avisar. Hoy se duerme con la puerta abierta, parece. El abuelo frunce el ceño y vuelve al cuarto a buscar más almohadas. El salón, con todo y la oscuridad, se siente menos pesado que el resto de la casa, y ahí nos quedamos, con la abuela de guardia en el pórtico, como si estuviera velando algo que todavía no termina.

El ventilador se queda quieto, apuntando hacia nosotros, casi agradecido de no tener que trabajar por hoy. Los años le han dado un aspecto raro, medio macabro, a pesar de las capas de esmalte con que hemos intentado mantenerlo bonito. Paso los dedos por los botones en relieve, por las marcas de tornillos que alguna vez sostuvieron piezas que ya no están, como si al tocarlas pudiera recordar mejor todo lo que ha aguantado.

No sé en qué momento me quedo dormido, pero el sol caliente me despierta pegándome en los pies como si alguien hubiera encendido una fogata al lado del colchón. Cuando abro los ojos, mi abuela ya está con su café en la mano y un bolero viejo sonando en la grabadora, mirando hacia la calle con esa calma rara que le entra cuando algo no le gusta. Afuera, abuelo está parado en la acera, con las manos en la cintura, mirando algo con una concentración que no es buena señal. 

—¡Mi ventilador, coño! —grito, levantándome de un salto.

El cable, todavía metido en el enchufe, cruza el salón casi en línea recta, tenso, y se pierde por la reja abierta antes de continuar en zigzag hasta la acera.

—No, no… no. Dios mío, no me hagas esto —me digo al ver el empate hecho trizas, junto a los pies del abuelo, con las aspas del ventilador destrozadas y marcas de metal y pintura regadas por la base.

Abuelo no se mueve. Solo observa, como si estuviera evaluando algo más que el daño, como si aquello tuviera su propia lógica.

El rastro está ahí: una línea en el asfalto, pintura arrancada y el golpe que no vimos, pero que se entiende.

—Bueno… lo partieron al fin —dice con tono bajito como si aquello hubiera sido un abandono del lugar del accidente sin testigos ni denuncia.

— Es lo que nos toca, abuelo.

2 respuestas a «El ventilador ambulante»

  1. Avatar de Will
    Will

    Me recordó al ventilador ruso q tuve en mi infancia, el inmortal! Aún funciona, nosotros lo inmovilizamos empotrandolo a la pared 🧱.

    como un texto es capaz de llevarte y hacerte sentir las mismas emociones que el autor sintió?

    esto podría ser una pregunta retórica.

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    1. Avatar de Lesly Farran

      Es el objetivo ¿no? De hecho el mejor halago para un escritor es que el lector sienta lo mismo. Gracias

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