
Desde un bonjour a un Asere, all right, mi familia se propaga en un espectro raro que podría juzgarse como incoherente. Sin embargo, la influencia del francés que traje desde Canadá con mi hijo Sam fue un regalo a la monotonía de la jerga cubana de mi esposa. Jerga que aún no domino porque, a pesar de haber nacido en la Isla, he tenido mis problemas con varias frases que me son imposibles de traducir. Gracias a mi esposa, aka mi traductor social y cultural, he podido escribir con libertad y hasta aprender una frase aquí y otra allá. Es como pasar un test de ciudadanía del país donde ya eres ciudadano.
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Durante 4 años, hasta nuestra unión en Estados Unidos, los viajes Canadá-Cuba eran el enlace costoso de vivir en familia. Con apenas 3 añitos, mi hijo Sam ya enseñaba palabras a mi hija Salomé y a mi esposa Loreta con la convicción de un profesor de la facultad de letras. No exagero. Sam tenía ese factor que muchos dirían genético: enseñarle cosas a la gente, incluso el funcionamiento de su pañal. Si el amor dura años o se filtra por la mensajería instantánea, diría que Salomé compartía la misma fuerza de liderazgo. Entre los dos, masticando mango o pepino, se metían en un simposio de palabras entre el español y el francés. Los adultos observábamos el desenlace: la ira, la alegría, el juego simple, el otro complicado e inexplicable incluso con gestos, pero también las ganas de saber más pese a todo. El francés se convirtió en el idioma favorito que nos separaba del calor habanero con esperanzas de usarlo en el bajo cero canadiense. La motivación se perdía entre demoras migratorias, pero aun así hasta se cantaba Bonne fête! en cada cumpleaños.
El inglés se iba colando por las paredes a través de mis clases online, que aún mantenía desde la distancia. Con un internet amargado y de carácter, me movía con mi tableta y mis audífonos tratando de quedarme en el sweet spot de la señal. Los estudiantes no lo notaban mientras revisaban ejercicios, pero el glitch no era ideal para una clase de idiomas. Súmale el pregón, el toque de santos del vecino o el cacareo de las vecinas esperando que llegue el agua, y la clase se perdía en la gramática. Sam y Salomé escuchaban desde muy cerca y repetían en tono de burla lo que yo les decía a mis estudiantes. Debo aclarar que mi estilo es directo y, si tengo que decirte que la solución al ejercicio es una piece of shit, pues así será. También tengo varios peluches que le lanzo a la cámara en caso de un error grave, pero eso es para otro momento.
El punto es que en nuestro hogar el trilingüismo era obligatorio y, de una forma u otra, nos fuimos uniendo a otro nivel inesperado. Con los verbos ser y estar aprendimos de verdad a separar la emoción pasajera de lo que pensamos que somos. Con el francés sonoro conocimos el romance culinario y el acento del teatro. Con el inglés jugamos con el the para hacer todo lo bello de la vida más importante y para no tomarnos los problemas tan en serio.
La escuela en casa que llevamos ahora es solo el resultado de todas estas pequeñas historias que nos hacen recordar quiénes queremos ser. La respuesta no es filosófica, sino más bien realista.Live well, mais con ganas de vivir de verdad.

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