
A menudo me pregunto el significado, o más bien el origen del impacto que se le dio a esta palabra: socializar. Si me pongo técnico y me pierdo en la etimología, la respuesta es simple: socializar equivale a hacer algo en común.
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De seguro, por eso mismo el auge del socialismo en el siglo XIX lo adoptó al instante porque ¿quién va a discutir con los lingüistas? Al menos eso creí yo cuando me metí en este conflicto de carrera, sin pensar en los futuros problemas mentales que se iban a apoderar de mí. Digo problemas mentales como chiste no como condición real, aunque de lejos, muchos ya me han dicho que debo tener algún tornillo flojo. Yo les digo que es posible, y al instante, les comento sobre las barras de titanio que tengo en el codo y en ambos tobillos gracias a la ortopedia de punta que me ayudó en el pasado. Sin embargo, esto no consta como aclaración convincente, más bien, la empeora. Claro, ahora entiendo a que se refieren y comprendo la metáfora acompañada con el gesto del dedo que gira en la sien.
Al parecer, el intelecto debe ajustarse también a lo social. Las reglas cívicas usan la socialización para crear y confirmar conceptos, teorías, creencias. ¿Será por que somos humanos creídos, separados de la cadena alimenticia natural? Mira que he seguido a varios antropólogos de cerca y cientos de documentales donde la socialización no se determina por tantas reglas y me sorprende hasta qué nivel hemos llevado el discursito. Hay una frase que molesta o hace reir, depende del público, y es que educar a tus hijos no es tan difícil, siempre y cuando pienses en cómo hacen los perros o cualquier animal que siga y acate a órdenes claras. Claro que ahora la explico con base después de varios encuentros dónde me tuvieron que explicar que había lastimado a alguien con mi comentario. ¿Te imaginas? Ya somos capaces de causar daño con tan poco. No todo es blanco y negro — me dicen— sino que hay varios matices de esta teoría.
Si no lo has notado, se han creado tantas fórmulas de educación —que si respetuosa, que si helicoptero, que si permisiva— que uno ya no sabe cuál usar para no traumatizar a nuestros muchachos. Para mí es como ir a comprar leche en el supermercado moderno, que ya no es leche sino decenas de marcas y categorías que aparentemente cambian el sabor de tu decisión. ¿Acaso somos víctimas o disfrutamos la confusión para no tomar responsabilidad de nuestros actos?
A diario, tengo varios estudiantes en sesiones de 1 a 1 y con cada clase debo ajustarme al estilo de vida que llevan. Después de todo, solo soy el profe, no el psicólogo de la familia — aunque esto también ha sido otra cosa que he tenido que dejar claro, porque la gente cuenta con el que escucha con genuino interés. En el caso específico de hoy, el niño me preguntó en clase si tengo amigos. Debo admitir que me sorprendió, porque he tenido varios encontronazos con viejos conocidos, familiares, colegas y más donde esta interrogante sobresalía.
El contexto siempre fue más técnico y sobre todo con adultos. Es que mientras más envejecemos más asumimos que ganamos en experiencia. Ese es el error de muchos sin entender que la experiencia ahora se ha convertido en solo tiempo vivido y no en probar, salir y aprender algo. Todo esto pasa por mi mente, mientras me quedo con los ojos fijos en la cámara mientras mi estudiante espera. Yo le respondo que sí, contando con los dedos aquellos que califican como amigos en mi vida. Él sonríe, yo también y otro silencio incómodo se adueña de la clase. Yo paso de inmediato al objetivo de la clase, evadiendo la pregunta para salvarlo de algún comentario sin filtro donde le explico que amigos no somos ni seremos. Sin embargo, me quedé con ganas de indagar un poco más. La curiosidad siempre ha sido el enemigo número uno de los que hacemos esto por vocación porque equivale a tiempo no pagado y tu cabeza arde—literalmente— de tanto choque neuronal.
¿Cómo hacemos para dar ese paso que nos lleve a la socialización? ¿No debería surgir naturalmente a través del juego? Después de todo, los animales entienden al instante quien es “amigo” y quien merece los dientes. ¿Acaso olvidamos lo animales que somos o también le hemos cambiado el significado para aquello que pasa por debajo de nuestro nivel? Me incluyo en esta interrogante a diario, mientras pierdo por completo la noción del tiempo.
Mi respuesta a todas sigue siendo la misma, los perros no hacen tales preguntas y la leche no tiene que venir con un descriptivo universitario de lo que le han echado.

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