
Las relaciones sociales no son mi fuerte, debo admitir, aunque todos los que me conocen dicen lo contrario.¿Por qué será eso? ¿Qué hace que no nos percatemos del impacto que tenemos en otros? ¿Acaso será un problema muy mental y personal mío?
Creo que la respuesta tiene variables.
En este episodio de Astrosofía hablaremos del cangrejo. Un animal al que se le ha dado demasiada atención, sea culinaria o política. Sin embargo, también hablaremos del pez globo, porque ambos comparten una característica fascinante: la necesidad de protegerse. Uno se esconde detrás de una coraza. El otro se infla hasta parecer más peligroso de lo que realmente es. Si me preguntas, ambas son estrategias perfectamente humanas. Además, todo lo que escribo debería contener una dosis mínima de ridículo mezclada con suficiente carisma como para captar tu atención. De lo contrario estaría escribiendo horóscopos tradicionales y nadie merece semejante castigo.
En mi caso, he investigado bastante sobre cómo evito psicológicamente, y de forma inconsciente, el entusiasmo. Sospecho que mi cerebro confunde esperanza con imprudencia. Apenas algo parece prometedor, aparece una voz interna que me recuerda las últimas veinte veces que las cosas no salieron como esperaba. Es una habilidad impresionante si tu objetivo es sobrevivir. Menos útil si tu objetivo es disfrutar el presente. Unos dicen que es pesimismo, yo les digo que el pesimismo es tóxico y que no te deja vivir el presente. Yo hablo de literalmnete no tener la capacidad de celebrar sin resultados. Mi vida la he llevado a la estadística y eso no es muy sano que digamos. Lo más curioso es que los momentos de alegría pasan sin permiso y sin razón aparente: una turbulencia que me dio cosquillas, una pancarta con falta de ortografía, una palahbra mal escrita.
¿Cómo hacer para que estas mismas sensaciones lleguen en el momento justo: cumpleaños, día del padre, navidad, aniversario, fin de clases? Mi esposa es testigo del nivel de preparación mental que debo hacer. Es como un maratón, y esos también los he hecho con calma a pesar de tener el megáfono del animador gritando DALE en el punto de salida. Claro que uno puede ver en su pasado varios defectos de fábrica, pero a ese ritmo, cualquier familia es disfuncional. He leído tanto sobre familias, incluso en obras de ficción y romance, que tal parece que todas compiten por la apariencia de estar bien y nadie desarrolla la idea de que disfuncional es prácticamente la norma. Por eso mi abuela adoraba las novelas y el chisme. Hay algo en el drama que nos acerca en lugar de separarnos, cómo si tener de qué hablar fuera suficiente para no quedarnos solos.
A diario me propongo correr un mínimo de cinco kilómetros para poner el cuerpo en función de algo y mover las neuronas. De hecho, la mayor parte de estos artículos vienen de esa sopa neuronal y me distraen del dolor en las pantorrillas en el kilómetro cuatro, ese mismo donde mis pies me dicen que ya no pueden más. Lo hago porque en mi mente, siento que debo. Corrección, que me lo debo a mí mismo. Quizás por eso nos atraen tanto las historias ajenas. No porque nuestras vidas sean insuficientes, sino porque el drama de los demás nos permite ensayar emociones sin pagar el precio completo. Vemos una novela, leemos una historia familiar o escuchamos un chisme y, por un instante, sentimos que participamos en algo más grande que nosotros mismos.
Las personas necesitan historias para entenderse. Incluso cuando saben que son exageradas. Yo, en cambio, sigo tratando de negociar con el entusiasmo como si fuera un contrato. Corro mis cinco kilómetros. Analizo probabilidades. Espero resultados. Intento justificar la alegría antes de permitirle entrar. Quizás el problema nunca fue la tristeza. Quizás siempre fue la protección. Hay personas que se protegen del rechazo. Otras del fracaso. Yo parezco protegerme incluso de las buenas noticias.
Y ahí es donde aparece el cangrejo. No el de los astrólogos. No el de los horóscopos que prometen amor, dinero y una sorpresa antes del jueves. El mío viene de la mano del pez globo. El que se protege tanto de la decepción que termina encerrando también la posibilidad del entusiasmo. El que confunde seguridad con control. El que construye refugios emocionales y luego se pregunta por qué le cuesta salir de ellos.
Por eso, para los creyentes, aquí va mi versión de Cáncer:
“El rehén del hogar.”
Lo llamas amor. Los demás lo llaman custodia emocional.
Construyes la intimidad como una fortaleza: segura, cálida y casi imposible de abandonar sin culpa.
Anhelas pertenecer, pero lo que realmente deseas es control disfrazado de cariño.
Maternas a tus amigos, tus parejas, tu dolor, cualquier cosa que no te abandone si la sobrealimentas.
Detestas el cambio porque trae nuevos fantasmas que extrañar.
Llevas la nostalgia como armadura y la llamas sensibilidad.
Tu lema podría ser: “Si mantengo a todos lo bastante cerca, tal vez nadie se vaya.”
Tienes buenas intenciones pero tu comodidad asfixia aunque lo llames amor.

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