Aunque suene derrotista, lo único que realmente me gustaría ver en el presente o en el futuro, pero que creo que jamás llegaremos a experimentar, es la transparencia. No creo que lleguemos a vivirla nunca. La transparencia es invisible incluso para aquellos que dicen anhelarla.
Todos hablan de “mi verdad”, pero muchas veces eso no es más que una justificación para no asumir responsabilidad. He leído varias respuestas a esta pregunta: desde vida extraterrestre hasta la unión entre la robótica y el ser humano. También he pasado por encima de quienes hablan de astrología o religión porque me parece hipócrita desear paz en la Tierra o una alineación astral perfecta cuando podríamos empezar a construir ambas cosas desde ahora mismo, si sus dioses o planetas fueran realmente lo que profesan.
El problema es que la transparencia viene con consecuencias que la mayoría no está preparada para aceptar.
Ayer mismo, en LinkedIn, se hizo viral una publicación sobre el cansancio de aplicar a ciertas empresas. A pesar de la cantidad de comentarios y experiencias compartidas, las compañías nunca fueron mencionadas. El miedo a la persecución profesional, al rechazo o a la invalidación dentro de la plataforma era evidente. Aparentemente, no es profesional divulgar quiénes nos atormentan en este tipo de espacios. No se ve bien.
Hoy, por otro lado, me tropecé con un profeta, de esos que gritan “¡Aleluya!” a través de un megáfono sin el menor respeto por el orden social o la tranquilidad de los demás. Los policías no reaccionaban. Las madres que llevaban a sus hijos a la escuela lo ignoraban. La persona simplemente formaba parte del ruido de fondo.
Yo me detuve a preguntarle por qué no repartir simplemente un panfleto para quienes quisieran conversar. Pero esa técnica no forma parte del reclutamiento. Su filosofía era sencilla:
—Escúchame o sigue tu camino. No voy a bajar el volumen por quien pase frente a mí.
Lo curioso es que nadie parecía dispuesto a confrontarlo. Todos preferían ignorarlo.
Y ahí es donde creo que aparece el verdadero problema.
Decimos que queremos transparencia, pero evitamos sistemáticamente cualquier situación que pueda producirla. No nombramos a las empresas que nos maltratan. No cuestionamos a quien invade el espacio público. No decimos lo que pensamos cuando puede haber consecuencias. Preferimos el silencio, la insinuación o la queja indirecta.
Quizás por eso la transparencia sigue siendo invisible. No porque sea imposible alcanzarla, sino porque requiere un nivel de responsabilidad que pocos estamos dispuestos a asumir.

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