La verdad duele…

Un hombre me golpeó cuando me pidió mi opinión.

Las reuniones de AA son duras, pero las de la Asociación de Salud Masculina lo son aún más.

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Nunca he sido adicto a nada en mi vida, ni siquiera al café, lo cual ya es mucho decir siendo cubano y todo. Sin embargo, crecí rodeado de alcohólicos y, después de que mi abuela falleció, me propuse profundizar un poco más en el servicio comunitario.

Resulta que en Montreal buscaban personas para ayudar a facilitar conversaciones en un entorno controlado donde cualquier hombre que necesitara hablar pudiera hacerlo sin ser juzgado.

Era increíble. Era gratuito. La religión se mantenía al margen.

Los hombres se sentían cómodos compartiendo sus experiencias. Se servía agua.

Junto al psicólogo, yo me sentaba a escuchar y a tomar notas mentales para mis estudios de lingüística.

Te sorprendería lo mucho que podemos aprender cuando somos vulnerables. Hay una mezcla de valentía y verdad que surge en esos momentos y que explica perfectamente por qué tantos escritores terminan fascinados por la criminología y el trauma.

Algunos hombres hablaban de divorcios. Otros de adicciones. Algunos hablaban de sus padres, mientras que otros admitían miedos que nunca antes habían expresado en voz alta.

Durante unas horas cada semana desaparecían los títulos. Desaparecían los salarios. Desaparecía la política.

Solo quedaba la persona.

Fue entonces cuando un hombre me pidió mi opinión.

Quería saber por qué yo no compartía mis propias experiencias. Se lo expliqué. Luego me preguntó qué pensaba sobre el hecho de que su exesposa se negara a levantar las restricciones que le impedían ver a su hija después de cinco años sobrio, la misma hija a la que casi mata en un accidente de tráfico mientras conducía bajo los efectos del alcohol.

Le respondí:

—A nadie le importa tu sobriedad.

Me golpeó.

Dolió muchísimo.

Unos minutos después se disculpó y me ayudó a ponerme de pie. Fue la reacción más honesta de toda la noche.

Hoy somos amigos.

Solíamos participar juntos en carreras Spartan y maratones. Yo me mudé, pero él sigue sobrio.

Y su hija, que ahora tiene dieciocho años, ha vuelto a responder sus mensajes.

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