
Si vives en una ciudad con líneas dedicadas para las bicicletas prepárate para sentir la misma línea suburbana de la moral de la calle. Hubo un tiempo en el que las bicicletas eran el único medio viable de transporte y las aceras ni existían realmente en el ruido citadino. Sin embargo, dicen que evolucionamos y que fuimos haciendo de la vía un lugar mejor para todos. Todo apuntaba a mejores relaciones humanas, a la cortesía común, al respeto entre vecinos. Esto no suena a verdad, eh?
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Supongo que el mensaje se perdió en un papel de esos que se ponen en los baños públicos. Creo que seguimos reglas estéticas para separarnos de un simple intercambio entre personas. Creo que con cada renovación de la ciudad, damos lugar a nuevas leyes forzadas por personas descontentas.
La señora de la bicicleta no estaba contenta con mi argumento, mientras yo tomaba la sección de la acera para poder cruzar en el semáforo. Su consejo de que es mejor que compre un carro me parece tentador pero le respondo que no tengo ningún interés en llevarla de paseo.
La señora de la bicicleta no es ciclista, sino más bien una mujer cansada de caminar con su perrito, esperando al próximo latino que se atraviese en su paso para exigirle valores morales. Este es el tipo clásico de los que llaman a Inmigración por descontento en el nombre de amenaza pública, en lugar de argumentar su punto cara a cara.
Yo le explico algo que interrumpe porque en su mente, es mejor insultarme frente a mi hija para darme una lección de vida. Claro que no funciona porque gritar e insultar se ha convertido en la norma de la supuesta sociedad civilizada. Mi hija escucha con curiosidad mientras ve al perrito callado con mejor educación que el espécimen bípedo que lo sujeta del otro lado de la cuerda.
La luz verde llega y seguimos el camino, pero los autos de la otra senda no paran, más bien se apresuran detrás de la roja que lleva más de 2 segundos activa. Por suerte, conocemos el barrio, y miramos a los dos lados aunque esté el guardia con la señal de Pare en la mano, en Zona escolar, con la patrulla de policía a unos metros. El atropello no nos toca, solo una cara molesta del conductor pitando, el mismo que hubiera sido el responsable de nuestro accidente.
La otra senda se acerca, casi cruzamos y justo antes de tomar la calle por la vía de la bicicleta, dos muchachos sin casco en sus scooters eléctricos vuelan en ráfaga cortándonos el paso. Los frenos chillan, mi hija se tensa, los muchachos ríen, la señora de la bicicleta aún camina del otro lado en su paseo matutino, el conductor supongo que está bien, el guardia de cruce espera la luz para continuar su rutina, el policía nos da la espalda enfocado en las puertas de la escuela. Todo parece tan tranquilo que solo tengo energía para seguir pedaleando.
Los muchachos ya van lejos, atravesando las calles sin mirar a los lados casi perdiendo el control en la curva. Yo los sigo de reojo pero pensando en la señora de la bicicleta: en sus traumas, su punto, su decadencia en un sistema crítico que no merece filtro para ninguno, en su perro que debe escuchar sus monólogos a diario, en cómo le explico a mi hija lo que ha pasado.

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