
Cuenta mi abuela que soñar en Cuba no cuesta nada, y hasta puede dar dinero. El sillón se mece solo si hay viento suficiente —me dice— y con él vienen las creencias de un pueblo entero, filtradas con sazón de laurel y comino, más la añoranza por la carne.
Cerca de las nueve, justo cuando el sol se pone rico, el vecino, al que todos llaman el brujo, se arrima a la cerca de al frente y pregunta por los números en tono bajito. Mi abuela le hace una seña para que espere, porque estos sí prometen y hay que decirlos en secreto. En el chuchocheo, los dos chismosean mientras me ven jugar con mi plastilina aceitada, y asienten con una seriedad que parece importante, como si yo tuviera algo que ver con todo eso.
Solo logro pescar una frase entre el juego de bolsitas de nylon que el vecino aprieta en las manos. ¿A dónde es que va con tantas bolsas?, me pregunto. Los adultos son raros.
Mi abuela regresa con cara de triunfo, saboreando una victoria como si el equipo de pelota que no tiene acabara de ganar la Serie Nacional. La reputación del brujo, según ella, venía de esas profecías escritas a mano en una agendita que guardaba celosamente en su bolsillo del delantal. Con su barba blanca amarillenta, el brujo usaba manga largas y pantalones de mezclilla, y una gorra que le daba un anonimato frente a los rayos del sol. A veces lo encontraban sentado en su banquito, tarareando como quien no quiere la cosa, soltando frases que se quedaban dando vueltas después, verdades incómodas que nadie pedía pero todos entendían: que el dinero nunca alcanza cuando se espera que llegue fácil, que el viaje siempre tarda más de lo que uno promete, que el que más jura es el que menos aguanta. Nadie le respondía, pero nadie se iba tampoco.
Decían que podía hasta predecir el tiempo, y la gente, en su presencia, bajaba la voz. Sin embargo, esas mismas personas también le fiaban de todo por tal de que usara su talento con ellos: que si viaje, que si trabajo, que si un nieto en camino. El tipo tenía más fuerza y más público que el santero que tiraba los chamalongos en la estera.
Mi abuelo Pipo, por su parte, decía que ese hombre era exactamente el problema de este país, que vivía de estirar la esperanza de la gente hasta sacarle lo último. Pipo era un observador silencioso, de los que apuntan sin levantar la voz, estilo francotirador. Cada vez que mi abuela —quien era su hija, porque Pipo estaba rozando los 99 añitos— venía con las ganancias logradas gracias al brujo, Pipo no celebraba. En la casa, aquello se volvía una discusión de que si es coincidencia, de que si es patrón, de que las cosas no son así. Pipo no creía en nada ni en nadie. Para él, creer en algo, era solo ponerle palabra a la duda simplemente y no trabajar para aclararla o entenderla.
Si los encuentros de las películas del lejano oeste creaban tensión, se quedaban cortos con las miradas que compartían Pipo y el brujo cada mañana. Solo la cerca de barrotes gruesos que separaba el jardincito de la casa con la calle les impedía un enfrentamiento que yo creería apocalíptico.
— Me fui con el 8 fijo y el parlé al 4-11 — me comenta mi abuela bajito.
Yo no tenía idea del porqué de esos números, pero cada mañana los adultos hablaban de cementerio, de puerco grande, de serrucho, mientras esperaban a que el brujo pasara. Pipo no se metía en eso, como si estuviera por debajo de él o como si ya supiera algo que los demás no. En ese momento, para mí, aquello era una especie de código que los grandes manejaban sin explicarlo, como si uno tuviera que crecer lo suficiente para que se lo dieran. Incluso llegué a pensar que lo de “parlé” venía por el lado de mi bisabuelo haitiano, como si fuera una palabra prestada del creole que se había quedado en la casa sin que nadie la tradujera.
Mi abuela y los suyos estudiaban la vida, literalmente, pero no en el nombre del Señor ni de los santos que cuidaban con recelo, sino en ese sistema raro de números que ellos decían que les daba suerte. Muchas veces abuela regresaba con la cara de haber perdido una fortuna pero se daba un trago de esos de la botella de plástico que parecía agua y con un siacará se contentaba.
— Mañana voy a ponerlos en candado. Tú vas a ver.
Sus ojos empañados me miran cómo si le hubiera subido la musa y con una palmadita al hombro, me señala que recoja las plastilina que es hora de leer. Yo acato. Me gusta saber que abuela puede confiarme lo que sea en su código de malas palabras y supersticiones. Con los ojos la sigo arreglando el vestidito de su Virgen del Cobre y echándole un caramelo a su Elegguá, de esos que no me gustan que saben a pasta de diente.
El libro de hoy es peculiar, uno de los que ella guarda con celo. No es como los otros. Este tiene en la portada un dibujo raro, como de pirámides y un ojo que parece mirarte aunque cierres el libro. Las páginas están llenas de símbolos, figuras de animales y números que no siempre coinciden, como si alguien hubiera querido explicarlo todo y se hubiera quedado a mitad. Abuela lo hojea conmigo sin explicar nada aunque puedo ver a veces que con su letra, ha marcado fechas importantes como mi cumple y el día que se me partieron los tobillos en la bicicleta.
— Léete eso, mijo— me dice dejando su libro en mis manos con cuidado.
La tarde llega y se me hace corta y el libro, largo. Nunca había leído algo tan desorganizado. No parecía empezar ni terminar en ningún lado; más bien se abría por partes, como si cada página tuviera su propia idea y no le importara la anterior. A ratos parecía un diccionario o un cuaderno de apuntes, y a veces algo que no estaba hecho para entenderse completo, sino para usarse. De ahí me tropecé con la entrada de hoy, marcada con tinta roja que aún manchaba la página por detrás. Sucede que ya habíamos perdido a alguien preciado en la familia al que no habíamos enterrado y que en el nombre de todo lo sagrado, como dice abuela, fue un golpe fuerte para la casa. Los números estaban ahí, en el mismo orden pero con un análisis que no creí que mi abuela pudiera tener. Pipo fue siempre el detallista analítico y por un momento me pregunté si este libro era del viejo. ¿Le habrá robado a su padre sabiendo cómo se pone Pipo cuando le mueven el sillón por un milímetro?
No. Era de mi abuela. Su caligrafía era la misma de todas las dedicatorias que me hacía cuando me regalaba un libro de su biblioteca clandestina. Yo hojeo el libro otra vez, pero no entiendo nada. Su letra dice gato muerto Santa Bárbara. Así no más. ¿De qué gato estaría hablando si aquí todos éramos alérgicos?
—Abuela, ¿lo de muerto es por el ventilador? — le grito desde el salón, pero ella me responde con un shhhhh bien largo, mientras se apresura por el pasillo a mi encuentro. En ese momento, sale Pipo del cuarto y al verme con el libro prohibido me pide que lo deje por ahí como si estuviera maldito. Con su pipa apagada me señala con ese gesto italiano que se traduce como qué haces mijo sin decir palabra. Abuela lo ignora y me quita el libro. No sé si está molesta pero con la misma energía se va de vuelta para la cocina, cerrando el portón que separa el salón de la cocina. Abuelo y yo nos miramos y él se despide alando las cejas con los ojos cerrados seguido de un respiro hondo. Yo lo entiendo al instante. Es muy común en todo el barrio, quizás en todo el país.
Al otro día, después de una noche a puerta abierta y sin ventilador, el brujo toca a la puerta. El olor a yute que despide es fuerte pero nadie le abre la reja. Yo lo miro como se sienta en el sillón de abuela vigilando el árbol de naranja agria.
—Buenos días, ¿quiere que llame a mi abuela? — le digo desde el salón.
—Sí, muchacho. Dile que es importante. Apúrate. Dale.
Yo corro por el pasillo en puntica de pie pero el viejo ya no estaba en su cuarto. Debe estar en la cocina porque el olor del café ya se siente. Al entrar al cuarto de mi abuela, camino por el lado de la cama donde mi abuela ronca que parece un tractor descompuesto. Ella tiene el libro encima como un peluche pero no responde cuando le hablo. Solo al tocarlo, abre los ojos al instante que tal parece una estatua de piedra cobrando vida.
— Dime, mijo.
—Abuela, el señor de las jabas está allá afuera.
—¿Y Pipo?
— En la cocina.
— Bien, Corre adonde está Pipo, mijo. Dile que te haga un pan con algo pa que desayunes y mantenlo ahí como tú sabes.
Abuela se levanta con dificultad pero no suelta el librito. De hecho, lo pliega sin importarle lo que pase, pero de su mano no sale. En el pasillo dividimos fuerzas y yo voy maquinando uno de los temas que le gusta a Pipo: ateos contra religiosos, partidos políticos, fenómenos naturales, tipos de tabaco o lenguas muertas. La última vez tuvimos que ir a la biblioteca nacional para verificar un dato, pero él era así, metódico.
Llegando a la cocina, cierro el portón y Pipo está dándole que comer a las gallinas. Sentado en el escalón que da al patio, Pipo se entretiene con el cacareo y a su derecha, al lado de su pipa, tiene algunas piezas del difunto, como ahora le llamábamos al ventilador que habíamos perdido. Yo conozco ese patrón de Pipo y es que el viejo podía reparar las cosas con lo que tuviera en mano. Justo en la despensa, tenía una gaveta a la que llamaba La incondicional, donde guardaba un arsenal de baratijas que ningún ladrón se atrevería a robarse. Pero, todas eran útiles y se podían ver en sus obras: un radio que solo cogía una emisora pero no fallaba, una cafetera sellada con alambre que hervía más rápido que la nueva, un cable empalmado tantas veces que ya tenía más cinta que hilo, y el mismo portón que cerraba con un sistema de pesas y sogas como si fuera trampa de un ratón gigante. Cada creación tenía algo de fe, como decía mi abuela.
De pronto se oye un grito, pero Pipo no reacciona, y es que este no es del tipo urgente, sino más bien uno de esos que suenan a cuando por fin el malo de la novela recibe lo suyo. Pipo se levanta, recogiendo sus alambres y las piezas del piso para guardarlas en su gavetica, y yo lo sigo de cerca hasta que me da la orden con un respiro más hondo que el de la noche anterior.
—Ve a ver qué pasó con tu abuela, mijo.
Abro el portón y veo a mi abuela abrazando al brujo. En cuanto me ve, pega un grito de felicidad y me manda a buscar el ron que está donde yo sé, ese que está en la caja sellada, con vasitos y todo. Con los gritos, Pipo cierra el portón y se queda en la cocina.
—Apúrate, muchacho —insiste mi abuela.
Detrás del clóset de mi abuela hay una cajita de zapatos que, al abrirla, tiene cantidad de papel periódico y otros papeles que parecen revistas. Si la levantas con cuidado, en la misma tapa hay una casilla que solo se ve desde cierto ángulo, y ahí está la llave del armario que queda debajo del televisor. En ese armario hay que mover los zapatos de charol de mi abuela, de cuando era joven, y ahí está el elixir deseado.
Con cuidado saco la caja pesada y camino despacio hacia el portal. Mi abuela sostiene un fajo de billetes de veinte pesos que parece salido de una película de mafiosos, y con la cara colorada me grita:
—Mijo, ya tenemos qué ponerle a tu vaquita.
Yo la observo atento mientras el brujo guarda su libretita como si estuviera cerrando un caso. Abuela espera que le diga algo, pero en mi cabeza no tengo idea de qué vaca está hablando si aquí no comemos carne de res hace años.

Deja un comentario