
Un aviso para mis amigos, conocidos, chismosos, curiosos, transeúntes, usuarios fervientes de la IA para filtrar su inteligencia aparente, religiosos dramáticos intocables, políticos radicales sin derecho al voto, emigrados nacionalizados, investigadores, universitarios y cualquiera que pueda identificarse con este artículo:
No voy a parar de expresarme.
En las redes me han dicho las peores barbaridades que uno puede esperar cuando hace un comentario que no se alinea con el pensamiento general y, por ende, popular. Me han explicado lo que «quise decir», las intenciones ocultas detrás de mis palabras y hasta emociones que aparentemente sentía mientras escribía y de las que yo mismo no estaba enterado.
Es fascinante. Uno publica tres párrafos y aparece un desconocido con acceso remoto a tu corteza cerebral. No tiene por qué gustarme tu religión para poder hablar de ella si me estás imponiendo un rezo en plena calle. No tiene por qué gustarme tu afición por una figura pública para señalar incongruencias en su lenguaje. Tampoco tengo que pertenecer a tu grupo, compartir tu experiencia o aceptar tus conclusiones para detenerme frente a una frase y preguntarme por qué está construida de esa manera.
El lenguaje es la herramienta con la que proceso lo que me rodea. Ese es mi trabajo. Mi pasión. Mi terapia. Mi vocación. No puedo escuchar determinadas palabras y simplemente dejarlas pasar porque socialmente resulte más cómodo. Mi cerebro reacciona casi como ante un impulso nervioso. Si me pica un mosquito, me rasco. Si una frase me hace fruncir el ceño, quiero saber por qué.
Qué palabra escogiste, cual yo, cuál evitaste, qué intentaste suavizar o exageraste, por qué dijiste nosotros cuando en realidad hablabas de ti, por qué convertiste una opinión en un hecho, por qué una crítica a una idea terminó transformándose, mágicamente, en un ataque contra una persona. Ese es mi problema mental. Lo pongo así para agilizar el texto y ahorrarte el insulto.
Sin embargo, debes saber (si quieres) que el problema de analizar el lenguaje tiene una característica bastante incómoda: no respeta afiliaciones. No puedo decidir que una manipulación lingüística deja de serlo porque estoy de acuerdo con quien la utiliza. Tampoco puedo fingir que una contradicción desaparece porque quien la pronunció me cae bien. Sería bastante extraño dedicarme al lenguaje y concederle inmunidad precisamente cuando empieza a ponerse interesante.
De ahí salen los dos temas incómodos de este artículo: la libertad de expresión y nuestra creciente incapacidad para soportar que alguien responda.
Los problemas, además, cambian de camiseta con una facilidad impresionante. Indaguemos en tres ejemplitos chiquititos.
Están, por ejemplo, los enamorados de Trump o Biden o Mandani o Charlie Kirk. Una vez señalas una contradicción en su discurso, no tarda en aparecer alguien para explicarte que lo odias. Esa parte siempre me ha fascinado. Yo estaba hablando de una frase y, tres comentarios después, un desconocido ya diagnosticó mis sentimientos hacia un hombre que ni siquiera sabe que existo. Ni siquiera hace falta entrar en la política. Ahí está precisamente lo interesante. Un político puede cambiar una palabra, exagerar otra, repetir un concepto hasta convertirlo en consigna, construir un enemigo mediante un pronombre o presentar una opinión como si fuera un hecho.
Eso me interesa. Pero para algunos no hay análisis posible. Si detectas algo negativo, lo odias. Si detectas algo positivo, lo apoyas. El lingüista aparentemente también tiene que votar cada vez que abre la boca.
Del otro lado tengo un fenómeno que conozco desde mucho antes: los amantes del castrismo por conveniencia. No necesariamente quienes creen sinceramente en el sistema. Esos, al menos, tienen una discusión ideológica que ofrecer. Hablo de quienes llevan décadas perfectamente acomodados dentro de sus contradicciones, con posiciones, privilegios o seguridades construidas precisamente dentro de aquello que defienden. Con ellos el vocabulario se vuelve fascinante. La escasez puede convertirse en coyuntura. Una prohibición puede presentarse como una medida necesaria. La obediencia se viste de compromiso. El fracaso económico siempre encuentra una palabra más elegante antes de llegar al periódico.
Y si uno pregunta demasiado, el tema deja de ser la palabra. Ahora el problema es que estás atacando a Cuba. Es maravilloso lo rápido que puede viajar una conversación desde un sustantivo hasta la patria. Ahí el idioma deja de describir la realidad y comienza a trabajar en relaciones públicas.
Luego están los amigos y defensores de figuras y celebridades, como Alcántara (el más reciente), que pasan más tiempo justificando su manera de hablar que él mismo. —Está en Estados Unidos. Aquí hay libertad de expresión. Que diga lo que le dé la gana.
Perfecto.
Yo también.
No entiendo qué otra respuesta se supone que debo dar. Que una persona tenga derecho a expresarse no convierte cada cosa que dice en patrimonio cultural protegido. Puede hablar. Yo puedo escucharlo. Puedo estar de acuerdo. Puedo pensar que dijo una barbaridad. Puedo analizar sus palabras y hasta reírme de ellas. Curiosamente, algunas personas defienden apasionadamente la primera mitad de ese proceso y se indignan cuando descubren la segunda. La libertad de expresión parece preciosa hasta que viene con interlocutor.
Con la religión la situación llega incluso a mi casa. Me han preguntado cuándo voy a bautizar a mis hijos explicándome el por qué debería, qué significa no hacerlo y hasta las posibles consecuencias de una decisión que, hasta ese momento, yo no sabía que necesitaba asesoría externa. No tengo ningún problema con que alguien rece. El asunto cambia cuando el rezo me incluye sin preguntarme o cuando una creencia ajena aterriza en mi casa convertida en instrucción.
—Tienes que bautizarlos.
Ahí está. Tienes que. Dos palabras. Ya no estamos hablando de tu relación con Dios. Estamos hablando de una obligación que acabas de colocar sobre otra persona. Y yo quiero saber cómo ocurrió esa transformación. Puedes creer que Dios quiere que bautice a mis hijos pero lo que no puedes esperar es decirlo frente a mí y sorprenderte porque pregunte cómo llegaste a convertir tu conversación con Dios en una instrucción para mi familia. Al parecer, preguntar también ofende.
Luego está la inteligencia artificial, que ha creado un problema mucho más divertido.
Uno escribe una pregunta de dos líneas y recibe una respuesta de seis párrafos con introducción, desarrollo, conclusión, tres puntos estratégicos, una reflexión sobre el futuro de la humanidad y probablemente un «en definitiva». Entonces vuelvo a preguntar. No porque esté necesariamente en desacuerdo, sino porque quiero saber qué piensa la persona. Y llegan otros seis párrafos. Ahí comienzo a preocuparme. No por la inteligencia artificial, sino porque ya no sé cuánto estoy conversando contigo y cuánto con el filtro que utilizaste para parecer más claro, más culto, más diplomático o más inteligente de lo que estabas dispuesto a ser sin él.
La IA puede corregirte una coma, organizarte una idea e incluso hasta señalarte que llevas veinte minutos contradiciéndote. Magnífico. Pero si te pregunto qué piensas y necesitas consultar primero qué deberías pensar, la conversación acaba de adquirir un tercer participante que nadie me presentó.
Trump puede gustarte. El castrismo puede parecerte maravilloso. Alcántara puede decir lo que le dé la gana. Puedes rezar tres rosarios antes del desayuno y pedirle a una inteligencia artificial que revise el texto donde explicas por qué estoy completamente equivocado. Adelante. Lo único que no voy a hacer es fingir que una idea se vuelve intocable porque alguien decidió convertirla en parte de su identidad.

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