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Celos y Orgullo

Si me preguntas sobre casi cualquier tema, normalmente tengo suficiente curiosidad como para investigarlo y terminar conversando durante horas. Sin embargo, existe un territorio emocional en el que mi talento con el idioma desaparece como un candidato político cuando estalla un escándalo.

Los celos.

Y, curiosamente, también el orgullo.

No es que crea que sean emociones negativas. Es que nunca he logrado entenderlas del todo.

Por ejemplo, muchas personas me preguntan si estoy orgulloso de mis hijos. Y siempre me quedo pensando.

¿Orgulloso de qué exactamente?

Ellos son quienes aprenden, quienes se esfuerzan, quienes tropiezan y quienes vuelven a levantarse. Yo puedo acompañarlos, enseñarles alguna que otra cosa y procurar no estorbar demasiado. Pero el mérito sigue siendo suyo. Si alguien merece sentirse orgulloso, deberían ser ellos de sí mismos, no yo de ellos.

Con los celos me ocurre algo parecido. Nunca he entendido qué significa sentir que otra persona amenaza algo que considero mío. Si estoy convencido de una decisión, de una relación o de mi propio trabajo, ¿qué espacio queda para los celos? Y si no estoy convencido, entonces el problema no son los celos, sino mi propia inseguridad.

Quizá por eso siempre termino traduciendo estas emociones a otras que me resultan más familiares. Donde muchos hablan de orgullo, yo suelo reconocer alegría, satisfacción o gratitud. Donde otros hablan de celos, con frecuencia solo veo miedo a perder algo.

De ahí parten varias experiencias que me hicieron sospechar que me falta alguna pieza del rompecabezas emocional.

Algunas terminaron conmigo recibiendo un golpe. Otras, bajo un silencio incómodo que pesaba más que cualquier discusión. En varias ocasiones me acusaron de ser frío, cuando en realidad estaba intentando entender qué acababa de pasar. Y hubo veces en las que terminé pidiendo disculpas por una emoción que nunca llegué a sentir.

Recuerdo, por ejemplo, la primera vez que presenté uno de mis libros en una feria. Al terminar, alguien se acercó y me preguntó si estaba orgulloso. Mi respuesta fue sincera: estaba contento. Muy contento. Agradecido de que alguien hubiera dedicado horas de su vida a leer algo que escribí. Pero orgulloso… nunca encontré la palabra adecuada. El libro ya no era mío. El mérito de emocionarse, criticarlo o recomendarlo pertenecía al lector.

Con los escritores me ocurre algo parecido. Nunca he entendido por qué debería sentir celos si un colega vende más ejemplares, consigue un contrato editorial o llena una sala. Mi primera reacción suele ser otra:

—¿Qué hizo diferente?

No porque quiera copiarlo, sino porque me interesa entender qué puedo aprender. Sin embargo, más de una vez esa curiosidad ha sido interpretada como competencia disfrazada o, peor aún, como una falsa humildad.

En política el problema se vuelve todavía más extraño.

Mientras muchos viven una discusión como un enfrentamiento entre identidades, yo termino analizando las palabras. Me interesa saber por qué alguien eligió un término y no otro, qué presupone una frase o cómo cambia el significado de una idea dependiendo del vocabulario que utiliza. Cuando intento separar el lenguaje de la emoción, no es raro que alguien piense que estoy minimizando el problema, defendiendo un bando o juzgando al otro. En realidad, la mitad de las veces solo estoy intentando entender cómo llegamos a pensar de manera tan distinta usando exactamente el mismo idioma.

También me ocurre cuando comparto una experiencia personal.

Si digo que trabajé como intérprete siendo adolescente, que colaboré con determinada institución o que aprendí algo después de años de hacerlo, muchas personas entienden que estoy intentando demostrar que sé más que ellas. Para mí ocurre exactamente lo contrario. Menciono esas experiencias porque son el único laboratorio del que dispongo. No sé argumentar desde el ego; solo sé argumentar desde lo que he vivido. Sin embargo, basta con mencionar el pasado para que alguien traduzca experiencia como presunción.

Fue entonces cuando terminé buscando respuestas donde siempre las busco: en las palabras.

En español tenemos una sola palabra: orgullo. Y pasamos media vida intentando decidir si es una virtud o un defecto. Uno puede sentirse orgulloso de un hijo, orgulloso de su trabajo o acusar a otra persona de ser orgullosa. Es la misma palabra para emociones que, al menos para mí, se sienten completamente distintas.

En inglés ocurre algo parecido. Pride puede describir tanto la satisfacción por un trabajo bien hecho como uno de los siete pecados capitales. El idioma deja que sea el contexto quien decida.

El francés, en cambio, parece haber querido evitar parte de esa confusión.

Por un lado está la fierté, que habla de una satisfacción legítima, de la dignidad o del placer de ver crecer a un hijo.

Por otro aparece l’orgueil, mucho más cercano a la soberbia, la vanidad y la necesidad de sentirse superior.

Quizá por eso nunca he sabido responder cuando alguien me pregunta si estoy orgulloso de mis hijos.

Si me lo preguntaran en francés, respondería sin dudar que siento de la fierté.

Pero de l’orgueil, jamás.

Porque no creo haber hecho nada que justifique apropiarme de sus logros.

Con los celos ocurre algo similar.

En español solemos mezclar celos y envidia, aunque no describan exactamente lo mismo. En inglés, jealousy y envy suelen mantenerse mucho más separados. Los celos nacen del miedo a perder algo que creemos nuestro. La envidia consiste en desear algo que pertenece a otra persona.

¿Se puede estar celosamente orgulloso de envidiar la inocencia del orgullo? Vaya, trabalenguas pa ti.

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