
Las redes sociales tienen un talento especial para hacerte sentir incompetente.
Un día entras para ver videos de bebés y, veinte minutos después, descubres que llevas toda la vida respirando mal, comprando pañales de perros en lugar de recién nacidos y, por supuesto, acompañando un embarazo de la peor manera posible.
Hoy existen tutoriales para todo:
Cómo sostener la mano de tu pareja durante las contracciones en un ángulo científicamente aprobado para no inducir dolor, vómito ni una demanda por mala técnica.
Cómo respirar al ritmo del segundero como si fueras el metrónomo oficial de una orquesta sinfónica.
Cómo masajear la espalda aplicando técnicas ancestrales de sumo japonés, fisioterapia noruega y quiropraxia tibetana sin haber estudiado ninguna de las tres.
Cómo asentir con seguridad aunque no entiendas una sola palabra de lo que está pasando.
Cómo responder «vas muy bien» con suficiente convicción para que nadie sospeche que estás improvisando.
Cómo cortar el cordón umbilical como si fueras un cirujano, aunque hace diez minutos no sabías distinguir el cordón de la pinza.
Cómo parecer tranquilo mientras tu frecuencia cardíaca compite con la del monitor fetal.
Cómo hidratar a tu pareja, sostener el abanico, cargar las mochilas, contestar los mensajes de la familia y encontrar el cargador del teléfono sin abandonar tu puesto.
Cómo convertirte, en menos de seis horas, en obstetra, psicólogo, anestesista, entrenador de respiración, fotógrafo y encargado oficial de decir: «Ya casi.»
Hay madres que piden públicamente que nadie anuncie el nacimiento del bebé mientras ellas mismas publican una foto desde la sala de partos. Hay padres que se desmayan cuando aparece la criatura. Otros explican técnicas de relajación con una seguridad que hace sospechar que obtuvieron el diploma en TikTok la semana pasada. Y, por supuesto, nunca faltan los médicos honorarios de Facebook capaces de diagnosticar cualquier complicación con una fotografía y tres emojis.
Yo, honestamente, llegué al hospital convencido de que mi función consistía en una sola cosa: no estorbar. Tengo un historial bastante largo de utilizar el humor para aliviar la tensión. El problema es que muchas veces solo consigue empeorarla. Así que mi mecanismo de supervivencia consistía en ofrecerme voluntariamente para ir por café cada vez que la situación se ponía demasiado seria. De ahí cree un grupo de Whatsapp para los amigos, donde reportaba el estatus de la misión como si fuera un periodista o comentador de fútbol.
Allí descubrí que el parto también transforma al padre. No físicamente, por suerte. Pero sí mentalmente, y eso ya es mucho decir viniendo de esta cabeza que cambia de tema con la velocidad de un flamboyán perdiendo flores.



De pronto, uno deja de ser novio para convertirse en una especie de doula improvisado, enfermero suplente, psicólogo de emergencia, soporte técnico de la cama, repartidor de hielo, guardián de las pertenencias y especialista en responder la única pregunta para la que no existe una respuesta correcta:
—¿Estoy respirando bien?
En mi caso, creo que lo hice bastante bien. No porque supiera qué estaba haciendo, sino porque hice el único esfuerzo que realmente estaba bajo mi control: intentar convertirme en una persona presente. Empática. Emocionalmente disponible. Tres características que, siendo sincero, no suelen aparecer primero cuando alguien me describe.
Parece que hablo como si hubiera parido yo mismo. Evidentemente no. El mérito siempre será de quien hace el trabajo imposible. Pero me llama la atención que casi nunca se hable del padre más allá de cortar el cordón umbilical o desmayarse en el momento equivocado.
Si algún consejo puedo darle a un futuro padre, es este: olvídate de parecer útil. Nadie espera que sepas obstetricia. Lo único que realmente puedes hacer es convertirte en una extensión de la camilla del hospital. Estar ahí. Sostener una mano cuando ya no queda fuerza para sostener nada más. Respirar al mismo ritmo aunque sospeches que no sirve para absolutamente nada. Mirarla a los ojos y hacerle creer que los dos están empujando juntos, cuando sabes perfectamente que toda la valentía está ocurriendo del otro lado de la cama.
Curiosamente, ese es el único momento de tu vida en el que ser completamente inútil puede convertirse en la ayuda más importante que alguien reciba.


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