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Por qué mato a mis personajes

Sugerencia de escritura del día
¿Qué obra (libro, peli, canción) te cambió la manera de ver el mundo?

Mirando esta pregunta me pregunto de qué forma se puede responder sin sonar como un engreído arrogante hijo de la gran puta. Sin embargo, te puedo decir que ninguna obra me cambió la manera de ver el mundo por repetir lo que yo ya pensaba. Creo que prestamos demasiada atención a la obra y muy poca a la persona detrás de ella.

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A mí me interesa mucho más la experiencia del autor, sus fracasos, sus obsesiones, las contradicciones que arrastra, las veces que estuvo equivocado y cómo llegó a las conclusiones que terminó defendiendo. Una vida diferente a la mía siempre me ha parecido más interesante que una historia perfecta. Quizás por eso terminé escribiendo. Quizás por eso también disfruto tanto matar a mis personajes.

La ficción, por ejemplo, me permitió quitarles todo lo superficial y ver qué queda cuando desaparecen las excusas. Mis personajes no pueden ser invencibles por la simple magia de la trama que estoy redactando. Tarde o temprano tienen que enfrentarse a una pérdida, una contradicción, una decisión imposible o una consecuencia real. Es ahí donde dejan de ser personajes y comienzan a parecer personas. Es curioso porque muchos lectores se molestan cuando un personaje muere. Lo entienden como una traición del autor o una injusticia narrativa. Yo suelo verlo al revés. La muerte, el fracaso o el sufrimiento no son castigos. Son la prueba de que el personaje existe más allá de la comodidad de la historia.

Después de todo, nadie admira realmente a una persona porque todo le salió bien. Admiramos a quienes se equivocaron, sobrevivieron, cambiaron de opinión o siguieron adelante cuando tenían motivos para rendirse. Las biografías interesantes rara vez son felices de principio a fin. Lo mismo ocurre con la ficción.

Cuando elimino a un personaje, no estoy destruyendo la historia. Estoy obligando a los demás a revelar quiénes son. El amigo debe decidir si era leal. La familia debe enfrentar la ausencia. El culpable debe convivir con las consecuencias. Incluso el lector se ve obligado a abandonar la ilusión de que todo estaba bajo control.

Quizás por eso me interesan más las personas detrás de las obras que las obras mismas. Los autores que admiro no me enseñaron porque fueran perfectos. Me enseñaron porque dejaron visibles sus cicatrices. Sus libros, sus canciones o sus pinturas son apenas la evidencia de que estuvieron aquí intentando responder preguntas que tampoco sabían responder del todo.

Y fue precisamente esa obsesión por las personas detrás de las obras la que me llevó a una incomodidad reciente.

Esta mañana, estuve explorando una biblioteca en Miami que dice preservar la herencia cultural de Cuba. Mi incomodidad comenzó al descubrir no solo libros generados con inteligencia artificial, sino también ilustraciones, portadas y otros elementos artísticos creados de la misma manera.

Más tarde vi a una de mis escultoras favoritas, una artista premiada y reconocida internacionalmente, utilizando inteligencia artificial para generar afiches promocionales que no tenían absolutamente nada que ver con el estilo que la hizo destacar.

Finalmente, una de mis pianistas favoritas, con quien tomé clases en línea durante años, terminó enamorada de Suno para producir sus álbumes. Hoy parece que ella acompaña a la herramienta más de lo que la herramienta la acompaña a ella.

Hoy en día, me preocupa la facilidad con la que comenzamos a aceptar contenido totalmente generado por inteligencia artificial. Cuando editoriales, galerías o plataformas deciden que el proceso creativo es opcional, no estamos ampliando la cultura. Estamos reduciéndola a una fórmula.

Muchos argumentan que lo importante es el mensaje final. Yo no estoy tan seguro. El mensaje importa, claro, pero también importa quién llegó a él, cómo llegó y qué tuvo que sacrificar para escribirlo. La cultura siempre ha sido una conversación entre seres humanos, incluso cuando no estamos de acuerdo.

No recuerdo todos los libros que he leído. Tampoco todas las películas ni todas las canciones. Lo que sí recuerdo son las personas detrás de ellas. Recuerdo sus contextos, sus épocas, sus errores, las tragedias que vivieron y las preguntas que intentaban responder. En muchos casos, terminé más interesado en el autor que en la obra misma.

Por eso me cuesta creer que un texto repetitivo, una imagen generada, un efecto reutilizado o una historia construida a partir de patrones estadísticos pueda cambiar mi manera de ver el mundo. Más bien corre el riesgo de hacer lo contrario: impedir que lo vea por completo.

Las obras que nos transforman suelen hacerlo porque revelan algo profundamente humano. Nos recuerdan que alguien estuvo aquí antes que nosotros, se hizo las mismas preguntas y dejó un intento de respuesta.

La experiencia humana no se puede automatizar. Al menos todavía no he encontrado una máquina capaz de convencerme de lo contrario.

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