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La industria de la profundidad aparente

Sugerencia de escritura del día
¿Cuál es tu mejor consejo para tener éxito en la vida?

Como si ya fuera un viejo lleno de canas y sabiduría acumulada, muchos me hacen la misma pregunta: ¿cuál es el secreto?

Lamento decepcionarlos, pero no tengo ninguna receta que no haya sido presentada antes por los gurús de la vida moderna. Todo lo que podría decir ya ha sido dicho, con mejor iluminación, música más inspiradora y una sonrisa más fotogénica, por personajes al estilo de Dr. Phil, Oprah o Margarita Pasos.

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Sería muy fácil escribir este artículo como si yo estuviera por encima del problema. Después de todo, también paso horas hablando frente a estudiantes. También explico conceptos, cuento historias y trato de captar la atención de personas que podrían estar haciendo cualquier otra cosa con su tiempo. En cierto sentido, yo también participo de esta industria.

La diferencia es que jamás aprendí el lenguaje elegante de los conferencistas. No tengo una frase inspiradora preparada para cada situación ni sé cómo convertir una observación cotidiana en una revelación espiritual acompañada de música emotiva. Mis estudiantes pueden dar fe de ello.

Cuando alguien comete un error particularmente memorable, es posible que una hamburguesa de peluche salga volando frente a la cámara. Cuando me piden una opinión personal, suelo advertirles que quizás no quieran escucharla. No lo hago por crueldad sino porque me interesa más que el estudiante recuerde la lección que mi imagen de profesor amable.

Quizás por eso nunca he sido un gran motivador. Mientras otros enseñan que todos pueden lograr cualquier cosa, yo suelo recordar que algunas metas requieren años de trabajo, que la excelencia rara vez aparece por accidente, que los errores tienen consecuencias y que el esfuerzo no garantiza resultados. Curiosamente, los estudiantes suelen agradecer más esa honestidad que cualquier discurso optimista.

Y, sin embargo, utilizo exactamente el mismo principio que critico. Sé que esa hamburguesa de peluche cruzando la pantalla se recuerda más que una explicación gramatical. Sé que una historia absurda permanece en la memoria más tiempo que una definición académica. Sé que la emoción ayuda a fijar el conocimiento. Si después de la risa, de la sorpresa o de la emoción el estudiante puede explicar un concepto nuevo, entonces el recurso cumplió su función. Si no queda nada más que la emoción, entonces quizás el espectáculo era el producto principal desde el principio.

Y es precisamente ahí donde comienza mi curiosidad por la industria de la profundidad aparente.

Trabaja duro. Cree en ti. Rodéate de gente positiva. Persevera. Levántate cuando te caigas. Son consejos razonables, incluso útiles, pero ninguno es nuevo. De hecho, algunos son tan antiguos que nuestros abuelos los repetían cuando todavía no existían los micrófonos inalámbricos ni las conferencias de liderazgo. Después de escuchar a cualquier gurú, coach, influencer o conferencista, tome una hoja en blanco y escriba cinco conocimientos concretos que haya aprendido. Si después de una hora de discurso solo puede escribir frases como «creer en uno mismo» o «salir de la zona de confort», quizás no asistió a una clase sino a un espectáculo.

Entonces, si las ideas son las mismas, ¿por qué seguimos llenando auditorios para escucharlas una y otra vez?

Desde tiempos remotos, los oradores eran los principales guardianes del conocimiento. Eran quienes acumulaban historias, experiencias y enseñanzas para luego compartirlas durante sus viajes. Bajo diferentes nombres como oráculos, filósofos, sacerdotes, profetas, maestros o sabios, estas personas ocupaban un lugar privilegiado dentro de la sociedad porque poseían algo escaso: información. En una época donde no existían libros accesibles, universidades abiertas al público ni una enciclopedia en el bolsillo de cada persona, escuchar a un buen orador podía cambiar una vida. A veces era la única oportunidad de aprender sobre tierras lejanas, nuevas ideas o acontecimientos importantes. Esa gente eran periódicos ambulantes.

Sin embargo, el mundo cambió. Hoy vivimos rodeados de información. Nunca ha sido tan fácil acceder al conocimiento y, paradójicamente, nunca ha sido tan rentable venderlo envuelto como si fuera un secreto. Lo curioso es que muchos de los discursos que llenan auditorios no ofrecen descubrimientos revolucionarios ni conocimientos inéditos.

Lo que ofrecen es algo diferente: la sensación de estar aprendiendo. No es un fenómeno nuevo. Los seres humanos siempre hemos confundido la elocuencia con la sabiduría. Un discurso bien construido produce una extraña ilusión: si el mensaje nos emociona, asumimos que también nos está enseñando algo. Sin embargo, emoción y conocimiento no son sinónimos.

Como lingüista, me resulta difícil ignorar ciertos patrones. Muchos de estos oradores dominan el arte de la profundidad aparente. Utilizan frases amplias, difíciles de refutar y lo suficientemente ambiguas para que cada oyente las complete con su propia experiencia. «Debes convertirte en la mejor versión de ti mismo». «El éxito comienza en tu mente». Son afirmaciones que parecen profundas precisamente porque cada persona les atribuye un significado diferente. Si miras las noticias o estás en alguna red social, no necesitarás mucho para curzarte con algun discurso de este tipo. El fenómeno es fascinante. El conferencista pronuncia una frase de quince palabras y el público añade las otras quinientas en su cabeza. Cuando la charla termina, cada asistente cree haber recibido un mensaje personalizado, aunque todos hayan escuchado exactamente las mismas palabras.

Por supuesto, esto no significa que dichos oradores sean necesariamente mentirosos ni que sus consejos sean inútiles aunque tengo varios ejemplos de la falsa inteligencia que se incluye aquí o de la manipulación sociópata que se esconde en ciertas personas, pero eso será para otro artículo.

Entonces, ¿cuál es mi mejor consejo para tener éxito en la vida?

Deja de buscar una frase capaz de resumir una vida entera.

Esa obsesión por las respuestas simples es precisamente la razón por la que la profundidad aparente continúa siendo un negocio tan rentable, ya sea en una conferencia motivacional, en un discurso político, en una red social, en un programa de televisión o en cualquier otro lugar donde alguien prometa explicarnos el mundo en cinco minutos.

Cuanto más observo este fenómeno, más me convenzo de que el verdadero tema no son los consejos. Tampoco los conferencistas.

El verdadero tema es el lenguaje.

Las mismas herramientas que permiten enseñar, inspirar y comunicar también pueden utilizarse para proyectar una inteligencia que no existe, fabricar autoridad donde no la hay o manipular a personas perfectamente racionales.

Y si eso parece exagerado, espere a que observemos el mismo fenómeno fuera de los auditorios.

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