
Si hay una palabra sobreusada al punto de que hasta aparece en los sabores de helado es clásico. A mi círculo de locos por el idioma no parece molestarle y es que se considera una palabra internacional. Uno puede decir clásico en español, classic en inglés, klassisch en alemán, hasta 클래식 en coreano —que se pronuncia keullaesik— o classique en francés y la idea sobrevive al viaje.
El problema es que ya no sé qué significa. Hay helados clásicos, novelas clásicas, carros clásicos, educación clásica, recetas clásicas y hasta personas que se describen a sí mismas como clásicas. La palabra se ha vuelto tan popular que parece haber perdido la obligación de explicar algo.
Mi problema, sin embargo, se detiene en qué hace que una palabra se vuelva popular o, en el lenguaje moderno, trendy. Me disculpo por el anglicismo innecesario y es que el texto viene precisamente de eso. Ni siquiera la Real Academia Española ha podido contra la palabra pódcast, que ahora acentúan en la «o» para volverla castellana.
Lo que se hace tendencia no es necesariamente propio del idioma, sino de la costumbre de su uso. De ahí surgen palabras que desplazan alternativas perfectamente válidas en español. Tal es el caso de blog, marketing, networking, coach, email, influencer o selfie. Sus equivalentes —bitácora digital, mercadeo, creación de contactos, asesor, correo electrónico, creador de contenido y autorretrato— no son necesariamente atractivos en una época de ahorro del léxico. La tecnología promete hacernos la vida más fácil y, aun así, seguimos careciendo de tiempo incluso para hablar.
Quizás por eso me molestan menos los anglicismos que la costumbre que los acompaña. No tomamos prestadas palabras únicamente porque sean útiles. Muchas veces las tomamos porque nos hacen parecer algo que queremos ser.
La ironía es que la tendencia también se volvió clásica: leer Cien años de soledad porque, si no, no sabes nada de Latinoamérica; sentirte un miserable por no haber hojeado a Cervantes; volverte loco porque no entiendes Les Misérables; comparar a Aznavour con Laura Pausini; enamorarte de series de lobos y vampiros, pero no de un pianista en plena guerra; leer en diagonal como si fueras un detector de algoritmos; hablar de la perestroika y pensar que es filosofía; considerar brillante a un político aunque acumule más crímenes que Jack el Destripador.
Lo clásico dejó de ser una conversación para convertirse en una contraseña. Ya no importa qué entendiste de la obra, sino si puedes mencionarla en el momento adecuado. La referencia vale más que la reflexión. El nombre pesa más que la idea.
Por eso me cuesta tanto tomar en serio a quienes hablan de cultura como si fuera una colección de trofeos. Han leído los libros correctos, visto las películas correctas y repetido las opiniones correctas. Sin embargo, cuando les preguntas qué piensan realmente, la respuesta suele venir prestada de algún crítico, profesor, influencer o comentarista de turno.
Quizás lo clásico nunca tuvo la intención de convertirse en una lista de obligaciones. Quizás era todo lo contrario: una invitación a discutir con los muertos, a cuestionar lo que sobrevivió al tiempo y a descubrir por qué sigue aquí. El problema comienza cuando dejamos de leer por curiosidad y empezamos a leer por miedo a parecer ignorantes.
Las redes sociales llevaron esa obsesión un paso más lejos. Ya no basta con leer el libro; ahora hay que fotografiarlo. No basta con ver la película; hay que anunciarlo. No basta con disfrutar una obra; hay que convertirla en parte de una identidad pública.
De ahí parte la locura por ver filmes como American Beauty o Fresa y Chocolate; por leer a García Márquez o a Victor Hugo y ser incapaz de buscar algo diferente; por recitar poemas en público como si la humanidad lo necesitara urgentemente; por justificar cualquier exhibición personal bajo la excusa de que el verdadero enfoque está en el libro viejo de Paulo Coelho que aparece en la foto.
No, ni ver esos filmes, ni leer esos libros, ni repetir tendencias te convierte en una persona con clase. Tampoco te convierte en una persona culta. Lo clásico nunca fue una medalla ni una lista de requisitos para pertenecer a ningún grupo. Era simplemente una conversación.
Lo clásico sobrevivió porque alguien lo cuestionó, lo discutió, lo reinterpretó y hasta lo contradijo. El fallo es que dejamos de preguntarnos por qué una obra sigue aquí y nos conformamos con repetir que es importante.
Quizás ahí está la diferencia entre lo clásico y la moda. El úlitmo exige repetición. El otro, curiosidad.
Entonces nos conventirmos en una lista de referencias, en algo culturalmente irrelevante porque la imagen, el cuerpo, la estética o la marca personal quedarán mucho más grabados en la memoria de quien nos observa que cualquier idea que intentábamos transmitir. La fotografía recibe más atención que el libro. El cuerpo más que la reflexión. La pose más que la opinión.
Lo curioso es que después nos sorprendemos cuando nadie recuerda el argumento. Nadie recuerda la cita. Nadie recuerda la crítica. Recuerdan la portada que sosteníamos, el café que acompañaba la escena o la iluminación perfecta del autorretrato. De ahí, lo que llamamos cultura se va transformando en una decoración donde solo el pensamiento es un accesorio de temporada.
Quizás por eso me cuesta tanto tomar en serio a quienes convierten cada lectura en una exhibición pública. No están leyendo para descubrir algo nuevo. Están leyendo para ser vistos leyendo. No buscan conversar con la obra, sino fotografiarse junto a ella. El libro termina funcionando como un bolso de marca, una camiseta con un logotipo o una credencial que anuncia pertenencia a un grupo determinado.
Lo verdaderamente clásico debería provocar exactamente lo contrario. Debería incomodarte. Debería obligarte a discutir con el autor, a cerrar el libro para pensar, a darte cuenta de que estabas equivocado o, incluso, a concluir que la obra es mediocre. No pasa nada. No puede gustarte todo. Lo clásico no sobrevivió porque todos estuvieran de acuerdo con ello.
Eso requiere algo mucho más difícil que una fotografía bien tomada: requiere una opinión propia. Y esa parece ser la única pieza de cultura que muchos olvidaron adquirir.
Lo único que falta es saber qué piensas tú.

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