Dice WordPress que esta es mi primera entrada pero mi andadura en el mundo bloguero no será editándola ni borrándola como sugiere la plataforma una vez te inscribes. Es muy posible que se me escape alguna falta de ortografía —quizás, no te lo puedo garantizar— pero haré lo mejor con cada detalle que me caracteriza.

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Aunque uno no quiera, la moda intoxica o te sacude, sea desde la ropa, a lo que comemos, a lo que evitamos, a lo que aplaudimos y por supuesto, a lo que hablamos. ¡Hola mundo!, dicen unos muchachos esta mañana llenitos de vida. Yo los miro de lejos pero pendiente a que el bus escolar que esperan los recoja. Por la acera del Boulevard Kennedy, nos apuramos a pasito cómodo, mi hija Salomé y yo, a la primera carrera matutina del plan de ejercicios que aun no hemos planificado. Es increíble el nivel de confianza que la pobre deposita en mí, sabiendo el nivel de crueldad disciplinaria que yo suelo tener. Hace muy poco que comenzamos la escuela en casa, digamos en parte, en contra de su voluntad, a pesar del entusiasmo que tuvo cuando escuchó la noticia. Su transición ha sido una que llevamos buscando desde que vivía en Cuba con su madre y que no pudo consolidarse hasta ahora. Y es que en Cuba el famoso homeschooling es ilegal, estilo «te quitamos a los muchachos si no van a la escuela a formatearse su cerebro con las consignas de los Castro y adyacentes». Ni hablar del asco que eso causa que no te deja ni comerte el pan con guayaba y queso con gusto.
¿Por qué ahora y por qué estás leyendo esto? Bueno, la moda en aquel entonces vino de la política controversial de Biden que nos permitió aplicar legalmente para reunirnos en Estados Unidos. Dice la gente controversial porque muchos de ellos hablan con una pasión de su partido político adquirido que el argumento se disuelve más rápido que el historial de Internet explorer. Precisamente, una tarde pre-elección del gobernador de New Jersey, Salomé tuvo una clase dirigida y similar a aquellas que tanto nos hicieron discutir en Cuba donde la escuela le proponía escoger entre miembros del partido demócrata. Supongo que es básico enseñar sobre la política del país, pero ¿por qué no se mencionaron los demás partidos y se aprovechó de orientar a la clase de otra forma? Al final, ninguno de estos muchachos puede votar.

Me pareció extraño y yo soy uno de los hombres más raros pro curiosidad que podrás tener la desgracia afortunada de encontrarte en el camino. Las conversaciones que siguieron luego con Salomé durante el trayecto de ida y vuelta a la escuela en nuestra bicicletica eléctrica en el tráfico de West New York se pusieron más interesantes. Ya no era matemáticas, o español o inglés sino el porqué teníamos que aprender esas técnicas de salto para calcular, o acentuar ciertas palabras con reglas sin sentido, o sobrepronunciar otras con el acento más rebuscado. Parecíamos dos muchachos hablando de nuestro punto de vista, y Salomé con su competitividad y yo con mi experiencia, aquello era un duelo de salmón contra la corriente evitando depredadores metiches. Poco a poco, Salomé me mostraba su intelecto, su forma de pensar y para una niña de 8 años, cada tema se le pegaba y no por inteligencia ni talento solamente, sino por esa ansia que tenemos todos en algún momento de preguntar y preguntar hasta el cansancio o el aburrimiento.

La idea se fue puliendo. Mi hijo Sam, su hermanastro, quien está sentenciado al homeschooling desde el nacimiento fue de gran influencia. Mi trabajo como profesor en casa, sin duda, dio de que hablar. Las historias de nuestra educación y qué pensamos de la escuela también. ¿Cuál de tantas la influenció a aceptar nuestra decisión? Salomé no vivía el bullying en la escuela, sus notas eran sobresalientes, todos la adoraban y en clase, se le sumaban varias responsabilidades que le gustaban. ¿Acaso cometimos un error? ¿Qué tipo de padres somos para quitarle a una niña tan amada en la escuela, esa sensación de pertenencia y orgullo? ¿Quiénes somos para decidir qué es mejor para su educación? Todas esas preguntas se esconden en el prejuicio, durantejuicio y postjuicio de mis plabras inventadas para describir los ojos que nos miraron y miran en desacuerdo. La respuesta yace en las condiciones y conveniencia de nuestra familia y no en factores externos como cada padre del nuevo clic moderno del homeschooling pretende informar.

Quizás esto es lo más duro que un padre puede admitir sin arremeter contra el sistema escolar. Esa será una entrada para otra ocasión que recaerá en los llamados curriculums o programas de homeschooling. Quiero aclarar que, Salomé, continúa sus estudios, con y sin Sam el viajero quien ahora está en Canadá con su madre biológica. Su disciplina y consistencia son temporales, pero su curiosidad permanece. Para mí, la respuesta lógica es evidente, para otros, solo buscan dar su opinión sin preguntar, buscando dificultades en la premisa como un taxi tropezando voluntariamente con los baches de la I95. Esa misma curiosidad que anhelamos desde niños se desvanece en un intento de juzgar una situación ajena. La decisión de educar en casa es personal y en constante audiencia por aquellos que persiguen desintegrarla, incluso hasta familiares que conservan valores tradicionales y que evaden el cambio que ellos mismos intentan buscar. Es cierto que muchos aprovechan el lujo de la escuela en casa para imponer sus valores religiosos creando un nuevo recluta a la causa familiar, pero existen otros que solo piensan en entregar la libertad de darle el tiempo a nuestros hijos sobre qué pensar.

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