
No tuvo que llegar Ella Rose para convertirnos en guardianes de la noche.
Si nos conoces, sabes que, además de la locura que nos caracteriza, nuestra familia comparte un rasgo genético imposible de ocultar. Se detecta más rápido que el olor del café cubano por la mañana y no necesita flash ni acercamientos para hacerse evidente.
Las ojeras.
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No importa si dormimos diez horas o diez minutos. Parecemos una familia criada exclusivamente en turnos nocturnos.
Ni los dedos de los pies de mi hija Salomé, garras de cóndor capaces de levantar un chihuahua sin demasiada dificultad.
Ni el pelo enredado de mi hijo Sam, que recoge cualquier basurita de la calle con apenas un roce.
Ni los cachetes de mi esposa Loreta, que parecen almacenar bellotas para sobrevivir al invierno.
Ni mi diente fluorescente, que decide brillar en todas las fotografías como si quisiera independizarse del resto de la dentadura.
Nada de eso llama tanto la atención como las ojeras.
Tenemos unas ojeras tan serias que un desconocido podría pensar que llevamos semanas cuidando gemelos recién nacidos, cuando la mitad de las veces simplemente nos acostamos tarde hablando de cualquier disparate.
Ahora bien, desde que llegó Ella Rose, por fin tenemos una excusa respetable.
Es cierto que el reloj interno de un recién nacido funciona bajo principios que la física todavía no ha logrado explicar. Antes incluso de nacer, su madre ya se escabullía hasta la cocina a las tres de la madrugada en busca de alguna merienda. Debimos haber sospechado que aquello no era un simple antojo, sino un ensayo general. Es pura coincidencia —o quizás no— que esa siga siendo hoy la hora favorita de Ella Rose para abrir los ojos con el entusiasmo de quien acaba de despertarse a las once de la mañana.
Un llanto, un bostezo, un autosusto de esos que hacen brincar a los bebés como si alguien hubiera aplaudido dentro de sus sueños, un pañal con novedades, da igual el motivo. A las tres de la mañana, Ella Rose está lista para correr la Maratón de Nueva York mientras el resto de nosotros apenas intenta recordar cómo funciona el cuerpo humano.
Claro que, si uno fuera supersticioso, habría motivos para preocuparse. Recuerdo que en una película casualmente titulada El exorcismo de Emily Rose decían que los fenómenos sobrenaturales y las posesiones demoníacas ocurrían con especial frecuencia a las 3:33 a. m. No he comprobado los minutos. Créanme. No puedo. A esa hora mi única preocupación consiste en averiguar si el biberón está demasiado caliente, demasiado frío o si simplemente he olvidado por qué entré a la cocina. Ni siquiera recuerdo cuál fue el último día que publiqué un artículo en este blog. Sin embargo, la hora… coincide sospechosamente.
Y ahí empecé a sospechar que los demonios de las películas no aparecen a las 3:33 de la madrugada porque sea una hora maldita. Simplemente es la única hora en la que todos los padres primerizos tienen la guardia baja. Si Satanás fuera inteligente, no perdería el tiempo poseyendo adolescentes. Se dedicaría a esconder chupetes, O a cambiar pañales de lugar, o a hacer desaparecer la última toallita húmeda del paquete.
Pero, pensándolo bien, quizá el verdadero misterio nunca fueron los demonios, sino los mapaches. ¿Quiénes son los únicos seres que parecen sentirse perfectamente cómodos a esas horas, con unas ojeras legendarias y la extraña habilidad de encontrar cosas en la oscuridad? Piensa. No es coincidencia.
Los mapaches no tienen ojeras porque sean nocturnos. Son nocturnos porque ya tenían las ojeras.
Y nosotros, evidentemente, pertenecemos a la misma especie.

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